Lunes 24.09.2018

Serena Williams, el árbitro y cómo abusar del poder

Serena Williams ha sufrido muchas discriminaciones a lo largo de su vida y en su carrera profesional por ser mujer y negra. Se ha convertido en un modelo de conducta y de superación personal para mucha gente en todo el mundo. Es la mejor tenista de la historia según Roger Federer, sin ir más lejos. Gracias a su discurso durante y después de la final del último US Open se ha abierto el debate del machismo en el tenis. Enormes son las aportaciones positivas de Williams hasta el momento, y solo tiene 37 años.

Como consecuencia de este partido, otra discusión bastante importante se ha iniciado sobre si Williams actuó correctamente al esgrimir el argumento del machismo para denunciar el trato recibido que te invito a leer. Pero hay otra cuestión que es necesario analizar: la posición del árbitro.

Serena Williams insultó al árbitro. A pesar de que haya quien piense que llamar “mentiroso y ladrón” a un árbitro no es un insulto, sino “una apreciación”, se trata de los insultos más graves que se le pueden dirigir a un árbitro, y como tal deben ser sancionados. A pesar de que algunos como Sally Jenkins en el Washington Post cuestionen sus decisiones y digan que Carlos Ramos “abusó de su autoridad” y “robó a las dos jugadoras”, convirtiéndolo en el culpable de la situación, la realidad es otra muy distinta: el árbitro en cualquier competición deportiva es el eslabón débil, el colectivo más discriminado, a merced de todos los demás estamentos y de la prensa que si así lo quieren pueden destrozar su carrera.

Al árbitro, en su posición de inferioridad, lo único que le queda es la legitimidad que le da la aplicación imparcial de unas normas universales. Con sus insultos Williams le negó al árbitro su razón de ser y quiso que el árbitro renunciase a ella por su propia voluntad: “Me debes una disculpa”. Le convirtió en algo absolutamente insignificante como demuestra el hecho de llamar “a su superior”. Consiguió, incluso, que Ramos no recibiese el merecido reconocimiento a su labor como es costumbre en este torneo.

El árbitro es el obrero de menor rango en la “empresa” deportiva. En las federaciones no tiene prácticamente ningún poder para influir en las decisiones que le afectan, desde el salario -la comparación con lo que cobran jugadores y jugadoras es ridícula- a las normativas. En el campo no se le permite ser persona. Debe ser un robot que aplica mecánicamente unas normas y, si se equivoca, se expone a ser puesto en el punto de mira por los demás estamentos o los medios de comunicación y ser el foco de las frustraciones de todo el mundo, sobre todo de la afición.

No hablemos ya de las árbitras, desfavorecidas entre los desfavorecidos, como prueba el hecho de que apenas haya ninguna mujer al más alto nivel del arbitraje en la inmensa mayoría de las competiciones. No hablemos tampoco de las categorías inferiores, donde las agresiones físicas están a la orden del día todos los fines de semana.

Serena, con su actuación, volcó toda su decepción por estar perdiendo la final del que podría haber sido su 24º Grand Slam en la persona más débil del campo. Abusó de su poder y de su superioridad jerárquica sobre alguien que realizaba (excepcionalmente) su trabajo. Ella, que reclama justamente no ser discriminada en función de su género o de su raza, usó su enorme cuota de poder contra alguien más débil. Y al hacerlo, transmitió esa imagen a todas las personas que la consideran un ejemplo a seguir. Muchas no dudarán en despreciar al árbitro cuando tome decisiones que vayan en contra de sus intereses, independientemente de si son correctas o no. No nos escandalicemos cuando haya agresiones o muertes de árbitros en el ejercicio de sus funciones.

Serena Williams podría hacer más por la igualdad si se disculpa ante Carlos Ramos y demuestra que es consciente de que abusar del débil para conseguir tus objetivos no ayuda a esa lucha. Espero que se dé cuenta de ello, porque sus contribuciones tendrían un impacto mucho más positivo, y son muy necesarias.


Pablo Martín Calvo
Maestro, pedagogo y árbitro de balonmano

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