Lunes 12.11.2018

Entonces, ¿vamos a escuchar a las prostitutas?

Escribo este artículo sabiendo que las únicas voces con legitimidad y conocimiento real que deben ser escuchadas son las de todas las prostitutas, tanto de las que en todo su derecho piden la abolición o prohibición, como las que con todo su derecho piden la regulación. Esto es solamente una opinión, sin querer usurpar voces que deben ser escuchadas antes que ninguna otra. Escribo esto como feminista preocupada por los problemas de todas las mujeres, prostitutas (donde se encuentran mujeres víctimas de trata, las que no, las racializadas, las trans, etc.) incluidas.

Antes que nada y, en primer lugar: rechazo la existencia de la prostitución, no estoy a favor de ella en ninguna de sus formas. Reconozco que es una de las muchas y más extremas maneras de dominación del hombre sobre la mujer, es el lugar perfecto donde capitalismo y patriarcado muestran su verdadera cara en su idea de lo que son nuestros cuerpos. Hay muchos otros fenómenos de dominación manifiesta y de prostitución camuflada como los matrimonios de conveniencia o, simplemente, los matrimonios tradicionales, donde la mujer ha ofrecido y sigue ofreciendo servicios, hasta el punto de la esclavitud, a sus cónyuges. Por desgracia, toda la estructura del sistema nos ha sometido a lo largo de la historia sin excepción, ya sea en los hogares o en las calles.

Una de las preguntas que nos debemos hacer como feministas es: ¿Vamos a escuchar a todas las prostitutas? ¿A las que han intentado sindicarse también? ¿Las desligitimaremos por los rumores que dicen que hay hombres detrás de ese sindicato? ¿Daremos validez a lo que tienen que contarnos? ¿O solo escucharemos a aquellas que reafirmen nuestro pensamiento o moral? No se entendería que después del '#yositecreo' y del '#timeisup' ahora silenciemos a una parte que, aunque mínima dentro de la prostitución, tiene voz propia y así nos lo está haciendo saber. No podemos fallarles.

La legalización, creo que en este supuesto hay bastante consenso dentro del feminismo, no puede ni debe ser una opción. La legalización supondría avalar y legitimar una de las formas más atroces de opresión histórica contra las mujeres y personas que se prostituyen. No tiene sentido que luchemos día tras día contra todas y cada una de las formas de opresión tanto directa como simbólica y que le pongamos la alfombra roja a una opresión tan bestial. En cuanto a la prohibición, vamos a poner un ejemplo salvando las distancias: el aborto. En muchos países está prohibido abortar. Prohibir el aborto no ha llevado a una desaparición de los abortos, sino que los ha convertido en clandestinos, los ha puesto en manos de mafias y de redes de dudosa reputación. Prohibir el aborto es ignorar que hay violaciones o poco acceso a métodos anticonceptivos de prevención; en definitiva, prohibir el aborto es ignorar la realidad que rodea a muchas mujeres. Prohibir la prostitución sin desmontar los entresijos que la sostienen previamente (trata, explotación, mujeres ilegales, clubs, proxenetas, etc.) es ignorar que esos entresijos son lo suficientemente sólidos para operar en la clandestinidad más allá de prohibición. Y, como siempre, si en la prohibición quedan rendijas por las que la trata se puede colar, tratándose de problemas en su mayoría que afectan a mujeres pasarán al ostracismo quedando más allá de los márgenes de lo que importa a los gobiernos y autoridades.

Ambas posturas obvian las circunstancias en las que la prostitución se desarrolla, siendo las opciones más peligrosas para las prostitutas. Tenemos que pensar, por lo tanto, en vías hacia la desaparición de la prostitución que no dejen a las prostitutas sin sus derechos, uniendo así dos enfoques que deben ser compatibles: uno de ellos –la regulación, entendida única y exclusivamente desde un marco de derechos que beneficie las condiciones y vele por los derechos de las prostitutas- puede que sea el camino y la herramienta para llegar al fin que perseguimos -la desaparición-. Por eso no se entiende esa división tan dicotómica cuando se debate desde una postura o desde la otra de “o con mi postura o contra la mía”, “o piensas de esta manera o no eres feminista”. El feminismo, creíamos muchas, no debe callar a una sola mujer, ni debe ser categórico en sus afirmaciones antes de escuchar a las mujeres implicadas. Aún asumiendo que una sola mujer pida la regulación, el feminismo debe tenderle la mano, escucharla, apoyarla.

Lo ideal, como se ha señalado, más que la prohibición, sería perseguir la desaparición: el fin de la prostitución por la falta de clientes. La prohibición a corto plazo no garantiza que no siga habiendo prostitutas y puteros, la desaparición es la meta en la que debemos trabajar a largo plazo donde juega un papel importantísimo la educación feminista junto con otras medidas como ofrecer salidas laborales a las personas que decidan dejar la prostitución, dar los máximos derechos y protección a las personas que decidan seguir ejerciéndola, perseguir el proxenetismo, dejar de conceder licencias y facilitar la legalidad de las personas que ejercen la prostitución en nuestro país: el status de muchas mujeres que están en una situación irregular nos impide acceder a ayudarlas y los proxenetas juegan con sus necesidades. Un plan serio y conjunto desde la auto-organización y cooperación en diferentes niveles puede acabar debilitando, asfixiando y cercando la explotación y la trata, siendo éste un primer paso fundamental. ¿Y si sindicarse fuera también otro paso hacia la desaparición de la prostitución? La auto-organización de las prostitutas puede afectar al negocio más de lo que pensamos: ellas tendrían, al menos, la posibilidad de fijar condiciones, salario, horario, tendrían una estructura legal detrás para denunciar, podrían organizarse desde dentro para salir de la trata; quizás, es la mejor herramienta para la desaparición de la prostitución. Apoyar la creación de un sindicato no significa hacerle la ola a los proxenetas que, por cierto, ya están bien organizados, sino dar la posibilidad a las prostitutas de unirse contra los problemas que conocen mejor que nadie de las que hablamos desde fuera. Lo que podemos asegurar es que la existencia de un sindicato no empeoraría sus condiciones actuales, y eso es algo a tener muy en cuenta. Pensemos, también, que el sindicato no solo beneficia directamente a sus afiliadas, sino a todas las personas que trabajan en el sector.

Sin querer ser pesimista me temo que, mientras haya capitalismo habrá prostitución de una u otra manera; seguirá existiendo un sistema económico que fomenta la desigualdad, la injusticia, la situación de irregularidad de personas y el patriarcado seguirá teniendo el marco perfecto para desarrollar sus malas artes de una manera aún más opaca y con más desprotección y vulnerabilidad hacia sus víctimas. Una regulación temporal mientras se lucha contra capitalismo y patriarcado no es incompatible con el abolicionismo o, mejor dicho, con la persecución de la desaparición de la prostitución. Ningún enfoque debe estar por encima del otro, sino que debemos lograr que coexistan para que todos los relatos tengan cabida en el feminismo. Un sindicato de y para prostitutas puede ser la clave para el principio del fin sin olvidar que, desde o en nombre del feminismo, no debemos callar a ni a una sola mujer.


María Pérez Segovia
Cofundadora del colectivo feminista 'Las Quijotas'

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