sábado 30.05.2020

Monarquía y tauromaquia: La historia no olvida

Dicen que tenemos lo que nos merecemos, o lo que nos buscamos. Así, parece como  si la Familia Real española estuviese empeñada en atraerse más enemigos y detractores cuando la vemos seguir promocionando, con su presencia en las plazas,  las corridas de toros y la tauromaquia en general en una época en la que la misma está siendo cada vez más contestada y abominada por muchos ciudadanos españoles, desperdiciando, por cierto, la oportunidad  de adoptar en este asunto, el papel histórico que tanto le  hubiese agradado a algunos de sus antepasados reales.

Porque fue precisamente un Borbón,  Felipe V, (el  primero que  inauguró su dinastía en España) quien en los comienzos del siglo de las Luces y del Racionalismo, manifestó públicamente su desaprobación  cuando, llegado de la refinada corte parisina en 1700 , quedó horrorizado al ver los espectáculos taurino-caballerescos  con los que la nobleza castellana quiso agasajarlo, tomando a partir de entonces la determinación de prohibir a sus nobles madrileños que se ejercitaran en tales lides, por considerarlas   violentas e inhumanas.

Esa misma  animadversión hacia la tauromaquia  siguió prendida en sus sucesores;  Fernando VI , y sobre todo  en el  ilustrado y preocupado por la modernización del país, Carlos III, así como en su hijo Carlos IV, quienes, a través de Reales Órdenes y Pragmáticas,  prohibieron las corridas de toros de muerte “en todos los pueblos del Reyno” en  1785 , y luego , en 1790 “ el abuso de correr novillos y toros de cuerda por las calles así de día como de noche”. Si bien, no terminaron su tarea antitaurina, pues dejaron un resquicio en las leyes por el que continuaron colándose los festejos taurinos: la salvedad de aquellos cuyo producto estuviese destinado a utilidad pública o a  fines benéficos.

Será, no obstante, a comienzos del s. XIX, en 1805,  cuando una Real Pragmática de Carlos IV,  prohibía absolutamente en todo el reino, sin excepción de la Corte,  las fiestas de toros y novillos de muerte.

Pena sentirían, pues,  ahora esos ilustres antepasados, Borbones del S. XVIII, si viesen cómo sus anhelos por modernizar el país y terminar con la tauromaquia que envilece al pueblo,  no sólo son despreciados por sus descendientes del s. XXI, sino que, cosa irracional, la misma es  fomentada a través de sus acciones. Así es;  parece que nuestros Borbones actuales hayan preferido seguir las indicaciones del rey más  déspota y tirano de su dinastía, Fernando VII, quien tras el paréntesis de la ocupación francesa en nuestro país, volvió a aupar la tauromaquia, al mismo tiempo que restablecía  el Tribunal de la Inquisición y cerraba las Universidades.

Pero duele aún más que nuestros ilustres monarcas intenten inculcar a sus niños la afición taurómaca  haciéndose acompañar por ellos; tal  como lo hicieron el  pasado 14 de agosto en la corrida de toros que se celebró en  San Sebastián,  cuando el Rey D. Juan Carlos apareció acompañado de sus hija Elena y sus nietos Froilán y Victoria Federica.  Daña, sí, ver eso; máxime cuando es bien sabido que   la visión de tales espectáculos, inhumanos y depravados,  perturba la paz psíquica y emocional de los menores, tal como lo ha reconocido el Comité de los Derechos del Niño de la ONU, cuando, al pronunciarse al respecto, ha alertado sobre los perjuicios que la tauromaquia provoca en los niños y la necesidad de apartarlos de ella.

Con todo, parece  como si los españoles estuviésemos condenados a permanecer en la oscuridad propia de  épocas remotas,  y que aquellas luces con las que los pocos  ilustrados de nuestro país quisieron marcar el camino del progreso y la evolución ética y  económica de España, estén condenadas a ser apagadas continuamente por personajes y hechos históricos que, como si de una maldición se tratara,  han impedido  a lo largo de la historia que la racionalidad se extienda en nuestra sociedad.

Aún así;  muchos,  no perdemos la esperanza.

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