Domingo, 19 de Agosto de 2018 Actualizado: 13:07 h.

Imagen de archivo de una marcha por la República | Foto: Pedro Armestre
Imagen de archivo de una marcha por la República | Foto: Pedro Armestre

Este sábado celebramos el 87 aniversario de la proclamación de la II República Española; una conmemoración tan emblemática y mitificada en algunos aspectos, pero que nos recuerda, sobre todo, que un 14 de abril de 1931 nos acostamos bajo una podredumbre monárquica similar a la actual, aunque aderezada por la ineptitud de la primera generación aznarista, y nos despertamos en el sueño de la modernización democrática abrazado a las esperanzas emancipadoras, libertadoras y vanguardistas que se envolvieron en la tricolor.

Pero al margen de las nostálgicas celebraciones y demás parafernalias que, a buen seguro la efeméride logrará concitar en los muchos que siguen anclados en aquel periodo glorioso de nuestro pasado reciente, parece claro que el camino por el que alcanzar la 3ª se antoja tortuoso, difícil y complicado, pero no imposible. Porque si dejamos las consideraciones personales de lado y analizamos el fenómeno desde una dimensión política objetiva, resulta evidente que hay muchas y buenas razones para optar por la República como la forma de Estado más adecuada a cualquier régimen democrático; y todo ello, por colocar todos y cada uno de los principios que la vertebran en el eje medular de la soberanía popular. Una muestra de coherencia democrática de la que, por la idiosincrasia propia de la institución, no se puede jactar ningún tipo de Monarquía por muchas credenciales democráticas que obceque en presentar.

De esta manera, no habría hecho falta asistir al esperpéntico espectáculo de Juego de Tronos contemplado hace pocos días en la Catedral de Palma, para achacar a las Monarquías Occidentales su inutilidad y parasitismo. Características que vendrían perfectamente validadas por el empecinamiento de los liberal-monárquicos en exhibir una impostada inhibición política  de los monarcas contemporáneos, situados teóricamente por encima de toda suerte de banderías ideológicas. El devenir cotidiano de los acontecimientos revela sin embargo, que la cosa puede resultar algo más complicada. Al margen de que las Monarquías suelen ser un capricho caro, obsoleto y de todo punto innecesario, son sobre todo un factor de continuismo y de estabilidad en los manejos políticos y trapacerías de una burguesía corrompida y carcomida por las termitas de sus propias entrañas.

No obstante, no es intención de quien escribe disertar en este momento sobre las vaguedades e incongruencias que conciernen a las Monarquías o las Repúblicas en general. En estos tiempos donde las corruptas turbulencias campan a sus anchas por las cloacas políticas del Estado y sobrevuelan sobre depreciados campus universitarios, tenemos la obligación moral de escarbar en el aquí y en el  ahora de la Monarquía, conscientes de que podríamos consagrar a ello, con más profundidad, cientos de columnas como ésta.

Por el contrario, como podrá constatar cualquier buen observador que se precie, no existe en el ámbito sociológico de la izquierda un punto de vista homogéneo respecto a los criterios monárquicos o republicanos; son muchas razones diferenciales que unos y otros pueden esgrimir al respecto. Pero sí hay motivos que, de manera inexcusable, forman parte del dominio epistemológico que no debieran suscitar por tanto controversia alguna. Es un hecho objetivo que, históricamente, en el Estado español, las formas de Gobierno republicanas se han puesto denodadamente con el progreso, en tanto que las monárquicas lo hicieron siempre del lado de la reacción. Resulta un hecho igualmente incontestable que la Monarquía fue rechazada en su día por la vía del sufragio universal y que, a lo largo del casi medio siglo posterior, no fue echada de menos por ninguno de los moradores de este ingrato país. Y es por supuesto insoslayable que la Monarquía resultante de la Transición fue engendrada en las entrañas mismas del fascismo, a las que juró fidelidad acatando sus atrocidades y desmanes; algo que no ha sido reprobado ni de lejos por la impostada impronta renovadora del actual rey, que para que la tradición de los petrodólares no se pierda, sigue en negocios armamentísticos con regímenes que distan muchos de ser garantes de la solemne Declaración de los Derechos Humanos (léase el caso de las teocracias sauditas). Demasiadas cosas hacen tambalear un lado de la balanza. ¿Y el otro?

Conviniendo que, las virtudes aducidas o inducidas a la Monarquía, son demasiado endebles y evanescentes como para hacernos cargar de por vida con toda una cohorte de reyes, reinas, príncipes, princesas, cortesanos, cortesanas y demás genealogías dinásticas, cabe preguntarse: ¿cómo lo solucionamos, qué tipo de república queremos? En el artículo 1 de la legítima Constitución de 1931, se definía a este país como una República de Trabajadores de toda clase y condición. Y ése sería, a mi juicio, uno de los elementos principales para volver a construir un nuevo relato republicano creíble, con el que, del mismo modo que en la Constitución jacobina de 1793, se colocara al ciudadano como actor principal y sujeto político de las transformaciones sistémicas necesarias, que a rebufo de las sensibilidades políticas nacidas del 15M, emergieron  en amplios sectores de la sociedad, antes adormecidos en el regazo del convencionalismo político tradicional, y que ahora las vienen a demandar.

Pero al margen de teorizaciones más o menos incisivas que, a buen seguro otros sabrán desarrollar mejor que yo, desde el más profundo sentimiento republicano en mi condición de hombre libre, comprometido con las transformaciones y valores de la izquierda, saludo aquel desgraciadamente lejano y efímero 14 de abril, como expresión de recuerdo a los que tuvieron la fortuna de vivir aquella extraordinaria efeméride construida por la voluntad de una sociedad democrática soberana que fue asaltada, zaherida, masacrada y destruida años después por los despropósitos criminales del franquismo. Todo ello, con la velada esperanza de contemplar, más pronto que tarde, como la proclamación de la Tercera República nos devuelva al sueño tantas veces debelado de recuperar, con la  tricolor, la democracia secuestrada a este país por malhadados dictadores y mediocres cortesanos. ¡VIVA LA REPÚBLICA!


Por Julio Casas Delgado
A mi amiga María Elena González Cárdenas, con la esperanza de que ambos podamos algún día ver ondear la tricolor en los Edificios Oficiales de una nueva República