Martes, 17 de Julio de 2018 Actualizado: 15:33 h.

Nuestro futuro es tan brillante que llevamos gafas de sol (III)

Los fenómenos que venimos señalando en las dos anteriores columnas no resultan en absoluto ajenos a la crisis del Movimiento Obrero tradicional. Muchos de los significantes adscritos a aquellos discursos han sido criticados muchas veces: los trabajadores manuales como únicas vanguardias revolucionarias, la toma del poder del Estado y su control de los medios de producción como panaceas, etc. No obstante, muchos otros presupuestos heredados de esos planteamientos "obreristas" se siguen reproduciendo, bajos nuevos ropajes, cuando los discursos con los que los colectivos van a dar cuenta de lo real se comprenden exclusivamente como una sistemática del sentido común de sus militancias.

La mitología obrerista clásica puede identificarse en torno la siguiente secuencia: un "movimiento" entendido como sujeto colectivo en torno al "trabajo concreto", luchando por la reapropiación colectiva de su actividad y los productos generados por ésta. Estos elementos se bastan para componer el siguiente relato: el trabajo y sus propietarios son supuestos como los productores de toda la riqueza de la sociedad y son, por consiguiente, presentados como aquellos que poseen, por naturaleza, la vocación de reivindicar el poder y de dirigir la economía. Los capitalistas, por su parte, son percibidos como librándose a actividades parasitarias y, en última instancia, ilegítimas. La sociedad "capitalista" no reconoce verdaderamente la esencia y el rol de los trabajadores y se encuentra por ello destinada a ser sobrepasada y regenerada por el trabajo y sus propietarios “naturales”, los trabajadores. Más precisamente: por un trabajo liberado de las tutelas que pesan sobre él, particularmente, el despotismo de empresa.

Si volvemos a nuestro tipo-ideal y a los imaginarios sociales desde los que, decíamos, se estructuran las prácticas militantes, podemos determinar los puntos que aquellas mitologías y estos imaginarios comparten. En primer lugar, el pequeño mundo que contenía necesariamente el mundo eran entonces, el taller, los procesos de trabajo y las comunidades obreras que se generaban en torno a los núcleos industriales. En segundo lugar, las mariposas que volando aquí provocan efectos aquí, allá, en cualquier parte y en todas a la vez, eran entonces los colectivos obreros en las fábricas, talleres y núcleos industriales urbanos del ancho mundo.

Cabe preguntarse si el lugar político y social del trabajo asalariado no rebasa con mucho la lógica cuadrangular del productor, las herramientas, los materiales y el producto con la que el "trabajo entendido como actividad humana" se nos presenta inmediatamente en los talleres y las empresas. Por otro lado, si existe una mariposa en alguna parte cuyo aleteo pueda provocar una tormenta, allí donde una tormenta puede cambiar sustancialmente las cosas, la cuestión quizás siempre haya residido en encontrar esa mariposa: cuando menos cabría plantearse si existe o no inmanencia subversiva alguna adscribible a "lo social" o "lo comunitario" en sí mismo y por sí mismo.

Desarrollemos ambas objeciones. En primer lugar; de las transformaciones en los talleres y en el trabajo concreto de los individuos no se deduce necesariamente una transformación de los procesos de valorización, de socialización y movilización -jerarquización-, de la fuerza de trabajo considerada en su conjunto. En segundo lugar; la sociabilidad, no es patrimonio exclusivo ni de las clases asalariadas, ni, mucho menos, de sus organizaciones: el capital (la relación capital-trabajo) crea también relaciones sociales. Una sociabilidad desdoblada sobre cuyas contradicciones y conflictos es imprescindible apoyarse con vistas, no a la recuperación de una comunidad natural "pervertida", sino a la construcción política de las condiciones para la emergencia de nuevas sociabilidades.

Así, finalmente, resultaría necesario preguntarnos si una de las razones de la presencia de los síntomas que aquí hemos señalado no consistiría en la reactivación de esa serie de oposiciones básicas que, en gran medida, han venido estructurando el sentido común militante aplicado por el Movimiento Obrero tradicional: nos referimos a la dilucidación de sus buenos y sus malos lados (en los términos clásicos de P-J. Proudhon) con vistas a hacer de la actividad trasformadora un proceso de destilación de ambos. Si entonces la supresión de la propiedad privada y de la división técnica del trabajo constituían las llaves, hoy podría considerarse el desarrollo de ámbitos democráticos no representativos y la formación de esferas públicas para-estatales a escalas locales (esto es, de "comunidades") como los procedimientos necesarios y suficientes para la emergencia política organizada del sujeto, de la cooperación social espontánea y, con él, para el derrumbe de la “carcasa muerta” que supondrían los procesos de abstracción, regulación y valorización.

Desde este esquema lo material (valores de uso) y lo abstracto (valores) entrarían en una única y unívoca relación caracterizada por su antagonismo radical. El único juego a establecer entre ambos será invariablemente un juego de suma cero en el que lo que uno gana lo perdería el otro y viceversa. Si nos instalamos en "lo informal, lo material y lo concreto" destacarán las potencias, la riqueza, la irreductibilidad y la originalidad de saberes, habilidades, competencias, sinergias y relaciones. Si nos desplazamos hacia "lo formal, lo global o lo abstracto" no veremos más que pobreza, mutilación, homogeneidad, competencia y repetición.

Los militantes de los colectivos que pretendan (bajo unas u otras formas) conformar políticamente a los "nuevos" movimientos sociales podrían estar pues recurriendo hoy a estos mismos esquemas y alimentando idénticas utopías. Sus propuestas remiten siempre a lo mismo: hábitats domésticos compuestos por pequeños colectivos en los que se socializarían completa e inmediatamente las actividades y necesidades de cuidados y atenciones mutuas (¿el fin de la especialización de los productores, el fin de la mercantilización de productos y servicios?);  sistemas de enseñanza compuestos por colectivos de trabajo de estudiantes y profesores libremente asociados (¿el fin de la valorización y la aculturación académicas?); economía mundo compuesta por pequeñas cooperativas de trabajadores libremente asociados (¿el fin del trabajo heterónomo y la explotación?), etc.

La aparente solvencia estas propuestas sólo se mantiene si partimos de la reducción de los procesos de enseñanza a las relaciones trabadas en las aulas, del proceso de producción a las relaciones trabadas en el taller, etc. Operaciones que convierten, por arte de magia, a sus protagonistas en demiurgos sociales o hacedores potenciales de nuevos mundos por obra y gracia de sus (buenas) intenciones.

Quizás lo que este empezando a sobrar sean este tipo de militantes, es decir, individuos armados con esas certezas, ese sentido común (que no "comunista" -el menos comunitarista de los sentidos-) que convierte la realidad social en el resultado inmediato y transparente de las voluntades e intereses de "aquellos que dominan el mundo". Quizás lo que esté empezando a faltar, y cada vez con más apremio, sean herramientas de comprensión de ese mismo mundo en lo que tiene de no inmediato, de no transparente, de no reducible a una o varias de las partes que lo componen (el barrio, la escuela, la familia, la fábrica, etc.), de no asimilable a un mero agregado de los resultados de batallas entre actores movidos por intereses particulares. Dicho de otra forma, quizás lo que estén empezando a faltar sean colectivos que le den un contenido sustantivo a lo organizativo, o sea, que se coloquen en condiciones de ofrecer un diagnóstico sobre la realidad social y, con él, de perfilar los contornos de una práctica política transformadora sobre aquella