Martes 25.09.2018

¿Qué hacer?

“La confianza es buena; el control es mejor” (Lenin)

En otro tiempo (finales del XIX, principios del XX) y otras latitudes (la Rusia zarista), la construcción en la clandestinidad de un nuevo partido socialdemócrata (El Partido Socialdemócrata Obrero Ruso -RSDWP-) debía sortear innumerables obstáculos. Entre ellos la definición de su propio quehacer orgánico frente a diferentes tendencias soterradas de funcionamiento propias de la tradición populista rusa.

En un extremo se situaba el inmanentismo (toda contestación obrera era considerada como intrínsecamente revolucionaria) que pretendía hacer de la lucha sindical en las fábricas el punto de partida y de llegada de cualquier dinámica de oposición real al régimen, de lucha por el socialismo. Este principio (que tomaba como modelo el Laborismo británico) recibía, críticamente, por parte de los miembros del nuevo Partido en el exilio, la catalogación de economicismo, al volver irrelevante todo esfuerzo de constitución de una organización política nacional (RSDWP) con objetivos políticos (la instauración de un sistema representativo parlamentario). (Un posible equivalente actual -tras la disolución de una determinada composición social de la clase trabajadora en un salariado generalizado- sería la de aquellos planteamientos que convierten toda contestación ciudadana de masas, el 15-M, las Mareas, los Movimientos Sociales, etc., en paradigmas autosuficientes para la transformación radical del actual estado de cosas).

En el otro extremo se situaba el vanguardismo de los adalides del terror como herramienta principal de actuación en el marco de una autocracia represiva. Aun aceptándose objetivos que transcendían lo puramente económico (políticos) la herramienta adecuada no suponía para éstos (los Socialistas Revolucionarios) la constitución de un partido de masas sino una configuración en grupos conspirativos que, mediante audaces acciones de eliminación sistemática de objetivos clave, provocasen la crisis interna del sistema. (En este caso las equivalencias actuales resultan obvias. No obstante, cabe pensar si el ámbito de la conformación de la opinión pública a través de los medios de comunicación de masas no pudiera convertirse hoy en su, también, homologo -no por nada Nadezhdin prefería excitarismo como denominación alternativa a terrorismo-: ámbito en el que bandas “en vanguardia”, a base de golpes de efecto, podrían “excitar” a los propios y los adversarios, provocando movimientos de alcance sistémico).

Frente a ambos extremos, los militantes en el exilio de la socialdemocracia rusa (los Iskra-itas - editores de la revista Iskra- inicialmente englobados en la corriente Emancipación del Trabajo) defendían la construcción de una organización política (con objetivos de carácter estratégico y no únicamente tácticos) de masas (no vanguardista) coordinada a escala estatal siguiendo el modelo “erfurtiano” (por el Programa de Erfurt): el del Partido Socialdemócrata Alemán de Kautsky.

Este modelo, cuyo eje principal consiste en la confluencia de la idea del socialismo, y su construcción, con el movimiento obrero, implicaba tanto romper el aislamiento geográfico de los trabajadores, sus organizaciones y luchas, como de éstos con la intelectualidad militante. De aquí la obsesión por la coordinación supra-local de los Comités del Partido (coordinación regional y estatal en la que la red de distribución de la misma revista Iskra jugó un papel central) así como de la integración orgánica de los obreros en todos los niveles del mismo. Estas prioridades se apoyaban en el presupuesto de una capacidad inherente a las masas para el uso de la razón: “todo el mundo tiene buenas razones para hacer lo que hace… si bien éstas se circunscriben a las razones disponibles en un momento dado”. Presupuestos que cargaban los déficits relativos al grado de fusión del socialismo con el movimiento obrero ruso sobre las espaldas de la intelectualidad militante del Partido: “si los trabajadores responden afirmativamente a la burguesía o la reacción es porque éstas les están brindando las razones que nosotros no hemos sabido aún proporcionarles”.

Naturalmente un problema central era cómo acometer dicho proyecto en las condiciones impuestas por una brutal represión política interna. El término konspiratsiia (nada que ver con el presunto “arte” de la “conspiración” política, a lo Naródnaya Volia) daba cuenta de toda esa serie de reglas de necesario cumplimiento entre los cuadros de coordinación (ilegales a tiempo completo) del Partido para, preservando la clandestinidad, minimizar las amenazas de la infiltración y la represión. Su correcta ejecución si bien implicaba una suspensión coyuntural de los procesos de democratización interna -que suponían la transparencia absoluta como precondición-, no obstante, sí debían repercutir en la profundización de las dinámicas orgánicas anteriormente esbozadas: mantener sólidos vínculos con los entornos obreros, integrar trabajadores en las estructuras del Partido, crear una eficiente división del trabajo, trascender los horizontes locales, considerándose uno parte de un todo más amplio, y utilizar las publicaciones del Partido para dar contenidos concretos -la conquista de las libertades políticas y la construcción del socialismo- a ese sentimiento de unidad.

Para los iskra-itas la organización debía constituir una prioridad absoluta para la socialdemocracia rusa: se trataba de pasar de las formas orgánicas artesanales, rudimentarias, del XIX (una composición en “círculos” independientes y con vocación de autosuficiencia, en donde todo el mundo se encarga de todo) a una nueva organización en “células” -componentes de un todo más amplio- con una elevada división técnica y social (funcional) del trabajo, siguiendo el modelo del SPD alemán. Esta transición resultaba tanto más urgente acelerarla en tanto se consideraba que el resto de condiciones para la transformación social democrática estaban ya dadas: el entusiasmo de las masas y el descrédito generalizado de la autocracia.

El máximo representante de esta posición, dentro del grupo editor de Iskra, no era otro que, efectivamente, Lenin; su mayor exponente impreso su obra: ¿Qué hacer? En otras palabras: la cita presentada en la primera temporada de Borgen (y que encabeza este artículo) NO significa “valoro tu amistad, pero en lo que a política se refiere prefiero tenerte pillado/a por los huevos/ovarios”, SINO “las lealtades personales que cimentaban la acción política artesanal deben ceder paso a los controles orgánicos y colectivos de un partido de masas funcionalmente diferenciado y técnicamente especializado”.

PD: Tal y como viene documentado en el monumental trabajo de investigación Lenin rediscovered. What Is to Be Done? In Context, de Lars T. Lih (2008), Haymarket Books, Chicago.

Comentarios
x