Miércoles, 23 de Mayo de 2018 Actualizado: 20:53 h.

Estrategias sobrenaturales para montar una organización política

Empieza a ponerse de moda remitir a las culturas organizativas de la izquierda de los siglos XIX y XX (anarquismo, leninismo, troskismo, autonomía, etc.) para tratar de descifrar los avatares internos de algunos partidos de la nueva política. Quizás no sea necesario estudiar tal vasto corpus literario para contar con algunas claves hermenéuticas útiles al respecto. Los principios organizativos de la banda de rock contemporánea podrían bastarnos para comprender las formas específicas que están adoptando muchos conflictos (no todos) en estas organizaciones de nuevo cuño: los conflictos entre, precisamente, bandas.    

¿Dónde surgieron los principios organizativos de la banda de rock contemporánea? Tal como plantea Ian Svenonius (Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock, Blackie Books, 2014) la pandilla juvenil urbana norteamericana constituye el espejo que, históricamente, moldeó los usos y costumbres de lo que posteriormente se constituiría como la banda de rock. La actividad primordial de la pandilla consistía en pasar el rato apostados en una esquina, dada su función principal de llamar la atención, convirtiendo así la inactividad en una celebración comunitaria de carácter identitario. Las ambiciones genéricas de la banda de rock se traducen a corto plazo en metas sensiblemente diferentes (forjarse una audiencia, reunir una banda de fieles que citen el grupo en sus perfiles sociales, conseguir que famosos citen a la banda en documentales como habiendo cambiado sus vidas, obtener un buen resultado en el Nielsen Sound Scan, etc.) pero sus modos de funcionamiento internos se inspiraron en gran medida en los conceptos organizativos de aquellas pandillas urbanas.

Según Svenonius el tipo ideal de funcionamiento orgánico de una banda de rock puede reconstruirse atendiendo a los modos en que se ejecutan las operaciones necesarias para su constitución. A saber, por este orden: 1) establecer el nombre del grupo; 2) encontrar la banda; 3) la fotografía como presentación; 4) definir objetivos; 5) la práctica y los ensayos… etc.

Así, atendiendo a sus prácticas, la banda actual no se diferencia demasiado de un grupo religioso o de una facción política: “constantemente están evangelizando y buscando apoyos”. Pero la banda busca apoyos en relación con una apuesta cultural de carácter identitario y auto-referencial (“para las bandas modernas la música no lo es todo. De hecho, tienen muy poco que ver con la música”). De ahí la prioridad, frente a los objetivos -a qué tipo de gente se dirige y hacia donde los quiere llevar-, del nombre, la imagen y el reclutamiento de los integrantes de la banda misma. Como las conductas de los miembros deben resultar congruentes con una determinada apuesta estética y cultural, el método adecuado para su correcta localización sería el tipológico. Éste consiste en agrupar las conductas (deseadas) y suponerlas como dependientes de ciertos atributos individuales (etnia, género, nivel de estudios, ingresos familiares, preferencias sexuales, estado civil, etc.). Por ejemplo, si necesitamos un “chav” para la banda, etiqueta que se supone sinónimo de una determinada estética y comportamientos, podríamos localizarlo atendiendo a ciertos atributos individuales (anglosajón, masculino, sin estudios, en paro, heterosexual, soltero, etc.). Pues la banda básicamente ha de componerse, de cara al público, de arquetipos o personalidades claramente diferenciables. Svenonius, haciendo un uso sofisticado de la ironía -pues, obviamente, los comportamientos sociales NO dependen de atributos de carácter individual-, apunta a la configuración zodiacal como uno de los métodos posibles para la localización y el reclutamiento de estos arquetipos/personalidades.

Más interesantes aún resultan las consideraciones relativas a la comunicación y la disciplina en el seno de la banda. No comunicarse es, precisamente, lo que mantiene a una banda unida (la verdadera culpable de la desintegración de The Beatles no fue Yoko Ono “sino la comunicación”): la honestidad o franqueza “es la enemiga confesa del grupo y la despiadada asesina de su expresividad creativa”. Lo que nos lleva al siguiente principio: “toda banda necesita un código de disciplina interna”, un “régimen férreo de severidad implacable”. Es dicho régimen el que debe sustituir a la comunicación como pegamento único de la banda. Ian Svenonius ejemplifica el contenido deseable del mismo adaptando, a tales efectos, los aforismos utilizados por el ejército del Vietcong: -obedeceré las órdenes [de la banda] bajo cualquier circunstancia; -mantendré escrupulosamente los secretos [de la banda] y no revelaré ningún tipo de información ni siquiera a amigos y familiares; -estaré alerta a la presencia de espías y denunciaré a cualquier persona sospechosa a los integrantes [de la banda], etc.

Es obvio que ninguna organización política digna de tal nombre puede conformarse hoy plegándose exclusivamente a tales reglas. Es decir: ninguna organización política puede pensarse a sí misma en tanto tal, de forma duradera, como un mero agregado de bandas. Los códigos de disciplina (lealtades personales) que sustituyen la comunicación abierta en el seno de cada banda (y que garantizan la supervivencia de cada una de ellas) no sirven aquí para regular la coordinación de un conjunto organizado (el Partido) que SÍ necesita de tal comunicación honesta y franca. Tanto más cuanto los objetivos colectivos -a quienes nos dirigimos y a donde les queremos llevar- resultan prioritarios respecto de logos, fotos, videos y “personalidades” asimiladas con los atributos individuales de cada miembro. De hecho, al contrario que la banda, los comportamientos efectivos de los militantes del Partido se piensan formalmente en términos no individuales sino relacionales, como condicionados por los procedimientos y responsabilidades incorporados en estatutos, reglamentos y dinámicas de acción colectivas. En definitiva, si la banda puede tener muy poco de ver con la política (o la música), para el Partido la política debe serlo todo.

Ayer el surgimiento de la industria discográfica, y del star system asociado a la misma, propulsó el peregrinaje de las ambiciones comunitaristas e identitarias de la pandilla urbana norteamericana hacia la banda de rock. Hoy el colapso contemporáneo de dicha industria (“ahora que la mística de las bandas se transporta de un lado a otro en la forma de unos archivos digitales llamados MP3, las bandas se han visto desprovistas de su envoltorio e identidad y han quedado reducidas a un puñado de gritos que emanan de un iPod”) empuja a la migración en occidente de aquellos usos y costumbres hacia otras organizaciones sociales, entre ellas las políticas. Quizás por ello en estas últimas las conductas efectivas de los miembros de unas y otras bandas se acaben pareciendo más entre sí de lo que sus respectivos logos/nombres (autonomistas, bolcheviques, troskistas, etc.) pretenden dar a entender.