Lunes 24.09.2018

Cómo odiar a las clases trabajadoras*

El culebrón del verano, en el ámbito de las izquierdas patrias, ha sido el debate en torno a los límites de las políticas culturales de la diferencia y sus alternativas: la reivindicación del concepto de “clase”. Debate que ha pivotado en torno al “panfleto”, La trampa de la diversidad, del periodista Daniel Bernabé. Sin duda, respecto de aquel, lo más reseñable han resultado dos criticas metodológicas certeras: la de Alberto Garzón (interpelando el funcionalismo que arma todo el argumento) y la de Morano y Serra (haciendo lo propio con la inconsistencia que supone diagnosticar críticamente las respuestas “culturales” a una problemática histórico-social -el neoliberalismo- de naturaleza… ideológica y cultural). Resta, no obstante, a nuestro juicio, aclarar los envites inscritos en la interpelación, como alternativa, al significante “clase”.

Al respecto, convendría diferenciar conceptualmente entre dos clases diferentes. La clase del Marx maduro y la “clase” con la que venimos operando habitualmente.

La primera funciona como un operador, una clasificación de funciones relativas a posiciones sociales (no a individuos), en relación con un proceso social: el valor que produce más valor, o sea, el capital como relación social. El concepto de clase presenta aquí un valor heurístico respecto de la totalidad en movimiento que se trata de investigar en su modo interno de funcionamiento: el capitalismo. Así, la realidad adscribible a estas clases (capitalista/trabajadora) pertenece a espacios, circuitos, procesos y tiempos que no son los de las personas físicas (aun cuando condicionen la conformación de los suyos propios). Este concepto de clase se mueve pues en el ámbito de una socio-logía: de la pregunta por la lógica o lógicas de lo social. Y cuidado: de la comprensión de un tipo de fenómenos (la teoría de la relatividad general, p.e.) no se derivan directa e inmediatamente los procedimientos adecuados de intervención sobre los problemas asociados a los mismos (poner en órbita un satélite, p.e.).

La “clase” con la que operamos habitualmente es, obviamente, otra cosa: se trata de una indagación respecto de las condiciones sociales de existencia, múltiples y variadas, de unos y otros trabajadores (o de empresarios, pequeños propietarios, autónomos, rentistas, etc.). Esta indagación se realiza discriminando entre ciertos atributos adscritos a las personas mismas (profesión, nivel de ingresos y/o estudios, principalmente) para buscar correlaciones estadísticas entre ellos y determinados comportamientos sociales (posicionamiento ideológico, intención de voto, preferencias en el consumo, adscripciones culturales, etc., etc.). Este procedimiento arma, por contra, una socio-grafía: una indagación descriptiva acerca de las condiciones sociales en las que operan unas y otras personas físicas que, a su término, podrían agruparse en tantas “clases” diferentes como correlaciones estadísticamente significativas hayamos encontrado.

La paradoja estriba en que, frente a las lamentaciones habituales, la “clase”, en la segunda acepción del término, resulta un instrumento omnipresente en nuestras sociedades precisamente en el ámbito de la política. No hay ingeniería social ya sea institucional, partidaria o empresarial que no se apoye en ella para operar (para regular, transformar o vender, respectivamente).

Respecto de la primera acepción, hubo ciertamente un tiempo en que las condiciones de vida de los individuos insertos en las posiciones (propietarios de fuerza de trabajo) definidas por la función trabajo (dentro del proceso de acumulación de capital) resultaban lo suficientemente homogéneas entre sí como para permitir, aparentemente, un traducción directa entre ambos niveles, el del análisis y el de la intervención política. Por el contrario, en un contexto en que la función trabajo determina (vía salarios directos e indirectos) las condiciones de vida del 80% de las poblaciones, la diversidad de las condiciones sociales de la clase es tal que aquel espejismo no ha podido mantenerse, dado lugar a buena parte de los impasses por los que ha venido atravesando el recetario político tradicional del movimiento obrero. Actualmente las instituciones propias de esta (otra) clase se confunden totalmente con las políticas (Seguridad Social, educación, sanidad, empleo, etc.) institucionales (ministerios, regiones, concertación social, UE, etc.) de gestión de las poblaciones, políticas que se sostienen en torno, precisamente, a cotizaciones e impuestos directos sobre las rentas del trabajo.

En otras palabras, actualmente el grueso de las políticas públicas no son más que la gestión de las condiciones de reproducción de la clase por la clase (de propietarios de fuerza de trabajo)… pero sin la “clase”. De aquí la inevitabilidad, para la construcción política de un sujeto colectivo capaz de cuestionar su dominación en relación con los procesos de acumulación del capital, de tomarse en serio esos ámbitos institucionales. Pues las condiciones de posibilidad de tal construcción política no se ubican más acá de las relaciones entre estados (en una presunta autonomía preestablecida del trabajo, y de sus representantes) sino en su interior mismo. De aquí también la necesidad, para dicha construcción política, de dotarnos de instrumentos analíticos (la crítica de la economía política) que nos permitan mirar más allá de las formas en las que la política institucional se representa a sí misma (como un mero reflejo de la “sociedad civil”, el reino de “la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham”).

O sea que la actual apelación para la política al significante “clase” sería, en el mejor de los casos, una redundancia y, en el peor de ellos, un imposible lógico (como pretender colocar un satélite en órbita haciendo uso exclusivamente de los textos de Albert Einstein).

No obstante, a pesar de la miseria relativa del debate (enfangado, salvo contadas excepciones, en dicotomías de tres al cuarto: la política vs. la economía; lo simbólico vs. lo material; el sujeto vs. la estructura, etc.), éste resulta de interés. Básicamente por lo que su misma emergencia denota acerca de nuestra situación actual: el impasse por el que atraviesa la herramienta política Unidos Podemos en el Reino de España. ¿Se acuerda alguien de Vistalegre 2? ¿De los bolcheviques contra los mencheviques? ¿De los que se definían en oposición al PSOE contra los que aspiraban a cogobernar con él? ¿De los hijos de la “clase” trabajadora frente a los de la “clase” media? ¿De Springsteen contra Coldplay? ¿De los que querían pasar del carril corto de la guerra relámpago al carril largo de la guerra de posiciones o trincheras? Desde entonces la distancia entre lo que Unidos Podemos es (una suma de grupos parlamentarios y liberados a sueldo entregados a la propaganda mediática) y lo que debería ser para responder a sus propias aspiraciones como herramienta de transformación social (una organización política de masas con presencia en los territorios), no ha hecho más que incrementarse exponencialmente. El síntoma más evidente: no hay si quiera un esbozo de un planteamiento ideológico colectivo que arme objetivos estratégicos a largo plazo y contribuya a definir una identidad militante sui generis. De aquí las urgencias para empezar la casa por el tejado y tratar de suturar esa brecha con hojas de papel: mediante propuestas individuales, cerradas, de rearme ideológico, trabadas extramuros de un espacio orgánico vaciado de debate político colectivo alguno.

La situación resulta aún más sangrante dado que los significantes que permitirían una progresiva indagación colectiva respecto de los efectos de la dominación de la acumulación de valor sobre las condiciones de vida de los ciudadanos (en un 80% propietarios de fuerza de trabajo) están ya sobre la mesa: la “RBUI” y la “UE”. Los desarrollos y polémicas trabados a escala internacional en torno a los mismos resultan, teóricamente, lo suficientemente transversales y, a la par, políticamente concretos, como para alimentar la posibilidad de construir respuestas provisionales progresivas de carácter tanto programático como ideológico, a los múltiples problemas que ambos abren. Claro que para ello sería necesario contar con un espacio organizado en condiciones de dar forma y dirección políticas a dichos debates colectivos y sus resultados.

En su ausencia, en lo relativo a las “clases” populares seguiremos oscilando, como hasta ahora, entre la glorificación de sus presuntos atributos esenciales (honestidad, autenticidad, combatividad, etc.) y la conmiseración respecto de las carencias inducidas por su dominación (culturales, económicas, sociales, etc.). Esta oscilación entre el populismo y el miserabilismo es típica, paradójicamente, de la mirada de los propios dominantes sobre los objetos de su dominación (Grignon y Passeron, Lo culto y lo popular) y se caracteriza por arrogarse para sí la conjugación del verbo “estar” y, por consiguiente, el don de la agencialidad, reservando para las “clases” populares la conjugación del verbo “ser” (bien a través de esencialidades positivas, bien de esencialidades negativas). Mientras nosotros somos sujetos capaces de elegir, ellos/as, nuestros/as representados/as, estarían sujetados a sus esencias, lo que acaba desembocando tanto en la glorificación de nuestros pretendidos desvelos y comeduras de tarro, como en la comprensión condescendiente para con sus supuestas indiferencias y/o resignaciones. De aquí a acabar, en unos años, odiando a las “clases” trabajadoras no hay más que un paso. Bastará para ello con que dejen de votarnos.

Jorge García López
Profesor de Sociología de la UCLM


*How to hate the working classes es una canción de Luke Haines cuya letra dice, entre otras cosas: “Let's start a party of our own/ I'm on a mission for the masses/ How to hate the working classes … Let's start a party of our own/ I need a holiday in heaven/ I need a holiday” (Empecemos nuestro propio partido/ Tengo una misión para con las masas/ Cómo odiar a las clases trabajadoras … Empecemos nuestro propio partido/ Necesito unas vacaciones en el cielo/ Necesito unas vacaciones).

Comentarios
x