Lunes, 20 de Agosto de 2018 Actualizado: 11:04 h.

Carta de Jesús Fernández Vaquero con motivo del Día de Castilla-La Mancha

Este año conmemoramos el 40 aniversario y el 36 aniversario de dos acontecimientos que han sido claves para España y Castilla-La Mancha, y de los que emana el mayor periodo de progreso económico, social y político de toda nuestra fértil historia. Son la aprobación de la Constitución Española y del Estatuto de Autonomía de Castilla-La Mancha.

Hace 40 años España estaba llena muchas dudas e incertidumbres políticas, escaseces económicas y miserias sociales y el año en que se aprueba nuestro Estatuto de Autonomía -1982- España seguía en la penumbra política, social y económica, aunque ya se adivinaba la luz al final del túnel. Se atisbaban tiempos de un cambio que se podía tocar.

Parafraseando a Wiston Churchill, podríamos concluir que Castilla-La Mancha y España eran una adivinanza, envueltas en un misterio, dentro de un enigma. Pero llenas de ciudadanos dispuestos a ganar el futuro para su país y su región.

Sin embargo, gracias a personas como las que reconoceremos en Talavera de la Reina por su trabajo, empeño y generosidad, Castilla-La Mancha y España dejaron de ser adivinanzas, misterios y enigmas para convertirse en certezas y realidades incuestionables, queridas y sentidas por todos y de las que nos podemos sentir orgullosos.

Al igual que en España, en Castilla-La Mancha, mujeres y hombres miraron más para adelante que para atrás, comenzaron a definir Castilla-La Mancha y empezaron a llenar de vida sus 80.000 kilómetros cuadrados.

Recuperando años y años de olvido, esos hombres y esas mujeres comenzaron a poner en hora el reloj de Castilla-La Mancha con la modernidad y con la historia y fueron forjando el edificio que hoy es Castilla-La Mancha. Otros muchos tomaron el relevo y continuaron su labor para seguir levantando este edificio común, que no es obra de nadie en particular y sí el fruto de miles y miles de personas anónimas que hoy se sienten orgullosos de ser de esta tierra y de estar en esta tierra

De entre estas personas que valoro más por lo que hacen que por lo que dicen, quiero destacar a los miembros de la Guardia Civil, Policía Nacional y la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Porque gran parte de los cimientos de lo que hoy es España y Castilla-La Mancha, entendidas por espacios de convivencia, libertad y democracia, los pusieron con su trabajo y su propia vida guardias civiles, policías nacionales y miembros de las Fuerzas Armadas también.

Vivimos tiempos de algunas incertidumbres que distorsionan, erosionan o amenazan nuestro sistema democrático. Tiempos en los que conviene recordar, sin complejos y con toda la fuerza democrática del mundo, que democracia es respetar y hacer respetar la ley, porque sin ley no hay democracia, ni libertad ni paz ni convivencia.

Castilla-La Mancha siempre ha sido, y será, leal a España. Cuando Castilla-La Mancha comienza a andar el presente era frágil y el futuro, inseguro e incierto.

La única certidumbre era que nacíamos para ser más de lo que habíamos sido hasta ese momento, inaugurando este regionalismo castellano-manchego entendido como el sentimiento y el amor por Castilla-La Mancha y el compromiso de los castellano-manchegos con su tierra, pero con lealtad a España.

Castilla-La Mancha no nació para reinventar la historia ni mirar por encima del hombro a nadie, ni siquiera de reojo. Tampoco queríamos la autonomía para perjudicar al conjunto ni para exhibir competencias o presumir de historia o rancio abolengo. Ni para ser egoístas con el conjunto. No nos preocupaba tanto el sentimiento autonómico que tuviéramos y sí ser conscientes de los problemas que teníamos que resolver y los retos que teníamos por delante.

Con modestia, austeridad, racionalidad y lealtad institucional, queríamos la autonomía para ser eficaces y cercanos. También para hacer más grande y mejor a España.

Desde luego que la integridad territorial y la unidad de España es una de las urgencias que tenemos. Pero no son menos inminentes otras obligaciones que también necesitan el cuidado de los poderes públicos y responsables políticos.

Trabajo digno para todos y, muy especialmente para los jóvenes. Y defensa sin fisura de una de nuestras principales fuentes de riqueza: el agua.

Jóvenes que serán los que recojan el testigo de todos nosotros y de los que nos han precedido. Jóvenes que han nacido en libertad y en democracia y que no tienen urgencias históricas ni políticas sino necesidad de emprender un proyecto vital. Jóvenes muy bien preparados que están deseando devolver a la sociedad la ayuda que recibieron para formarse. Jóvenes a los que hay que escuchar, dar trabajo y contar con ellos porque son el futuro.

Y el agua. Talavera de la Reina ‑Castilla-La Mancha‑ y el río Tajo son indisociables. Necesitamos el agua para nuestro desarrollo: para nuestra industria, para nuestra agricultura y ganadería y para nuestro medio ambiente. Pero igual que el agua se acaba, el tiempo se agota. Por eso, es imprescindible que nos demos prisa para alcanzar un pacto nacional o de estado por el agua, porque si no lo hacemos ya, corremos el riesgo de que este pacto llegue cuando no haya nada sobre lo que pactar, cuando hay no hay agua.

Por eso es tiempo de encontrar, como sea, espacios de entendimiento y diálogo, muy especialmente en estos momentos, porque se trata de Castilla-La Mancha.

Jóvenes y agua son urgencias que hay que acometer. Como lo es también atender las angustias de los parados de larga duración, de los mayores de 55 años que no tienen horizonte, de las mujeres, de los trabajadores que, aun teniendo empleo, no les alcanza para llegar a fin de mes, de la siniestralidad laboral, de la desigualdad, de los dependientes y pobreza infantil o del sostenimiento de las pensiones.

Estoy convencido de que desde Castilla-La Mancha trabajaremos para satisfacer estas necesidades y para hacer de España un país más moderno y justo.