Martes 25.09.2018

Libertad de expresión: el traje nuevo del emperador

El  debate sobre la libertad de expresión presenta en su complejidad muchas aristas. De un lado asistimos a un ingente número de enjuiciamientos y condenas de sujetos por manifestaciones artísticas o culturales como posibles delitos “de odio” o “enaltecimiento del terrorismo”. De otro, tiene que ver con una de sus aristas más importantes: la libertad de prensa frente a las amenazas y presiones a los medios de comunicación y los profesionales que trabajan en ellos. El resultado siempre tiene que ver con señalar al culpable, a quienes deben pagar las consecuencias que, como se diría coloquialmente, son “los de siempre”.

En particular, se trata de una discusión cuya reflexión se desarrolla con medias verdades, afirmaciones torticeras y opiniones insidiosas. De acuerdo a testimonios y los datos aportados por el último informe de la Asociación de la prensa de Madrid, el 75% de los periodistas reconocen presiones y haber cedido a ellas para realizar su trabajo y alterar el contenido que se va a publicar de forma interesada. El resultado en muchas ocasiones conduce a la autocensura (57%) por temor a sufrir problemas laborales e incluso el despido. La profesión periodística es precaria y débil. Quienes realizan la mayor parte del trabajo se tienen que enfrentar diariamente a situaciones de verdadero riesgo, intimidaciones y amenazas. En definitiva, se encuentran desprotegidos en una época difícil para ejercer el periodismo, en transición del medio tradicional al mundo digital, donde las plantillas de trabajadores de base se han reducido fuertemente por la crisis económica.

 Estas presiones son tanto externas como internas y su procedencia es tanto de los poderes públicos, como los económicos, partidos políticos y de los propios medios. El verdadero ataque a la libertad de expresión se produce cuando en un Ayuntamiento, la corporación local cancela o deniega suscripciones a aquellos medios cuya línea editorial no es afín a la del partido político de turno, amenazas de retirar el patrocinio —vital para su supervivencia— por parte de las empresas, grupos de accionistas o la publicidad institucional con objeto de definir las líneas editoriales, partidos políticos recriminando a reporteros y colaboradores las preguntas en entrevistas o artículos publicados cubrir noticias falsas o fabricar titulares y portadas con sesgo escandaloso.

Por tanto, conscientes de esta realidad y recapitulando, resulta sospechoso que la Asociación de Prensa de Madrid así como los directores o representantes de los grandes medios se erijan en baluartes de la defensa de la libertad de expresión toda vez que se haga una crítica a un medio o información, así como efectivamente ataques ciertos de un actor determinado cuando ocultan la realidad anterior y del mismo modo, favorecen el desamparo absoluto de los trabajadores y trabajadoras de la profesión y ejerciendo presiones contra los mismos. Pura hipocresía. Tan peligrosa es para la libertad de expresión la censura institucional como la manipulación de la información, difusión de falsedades y difamaciones alentadas por la injerencia de intereses particulares.

Publicación de informaciones procedentes de fuentes sin confirmar, sin contrastar y de dudosa credibilidad, titulares y portadas fabricadas en el  último momento para que resulten incómodas a un actor determinado o la presión para rectificarlas si son críticas con ciertas instituciones (caso de El Jueves), el orden  y duración de las cabeceras de los noticiarios televisivos dedicados a estas informaciones, cortes y tergiversaciones en las declaraciones, etc. Esta secuencia de prácticas comunicativas, unida a la nula rectificación de los medios o su colocación predeterminada en lugares poco visibles, contribuyen a la producción de opinión pública sesgada, basada en información distorsionada.

Herbert Marcuse consideraba que la cultura de masas reforzaba la represión política. La propaganda y la censura se asociaban a los totalitarismos. En defecto de estos, no significa que no sea posible ejercer un control sobre la información y su presentación como verdad. La verdad no es lo que se dice, sino lo que se percibe. La comunicación se dirige a transmitir percepciones y producir evidencias compartidas. Con el gran volumen de información que se produce, la posibilidad de la administración racional y formación de opinión crítica se antoja imposible por lo que inevitablemente se tiende a seleccionar de forma parcial. Cuanto más homogénea sea, más repetitiva y en consecuencia, más sencilla de recordar. De este modo, la población absorbe los mensajes, acepta los valores e ideas que reflejan creyendo su contenido y adaptándose a ellos, a los relatos mayoritarios percibidos como verdad.

Si legitimamos esa idea, asumimos el relato de que los grandes medios son honestos, plurales y portavoces de la libertad de expresión, que denunciar las prácticas abusivas que realizan, la desprotección de sus trabajadores y la injerencia de actores privados con intereses particulares supone un ataque a la libertad de prensa, actitud intolerable. Las élites se coordinan para reproducir consensos y garantizar sus posiciones en el orden bajo la imágenes simbólicas de pluralidad y libertad.

 En este punto, la reflexión adolece de cinismo. La credibilidad del periodismo está por los suelos y calificamos de falso o contenido ideológico aquello que es denostado precisamente por quienes tienen más capacidad de influencia o repercusión siempre que aparecen informaciones que los relacionan con escándalos a ojos de la opinión pública. En este sentido se profundiza en la espiral de desprestigio, y la putrefacción de la dignidad de esta profesión. Asimismo, se desplaza el debate a los márgenes de la superficialidad y las banalidades en lugar de centrarlo sobre la situación que atraviesan los periodistas, que no son los consejos editoriales ni las empresas propietarias de los medios.

En el cuento El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen, dos estafadores convencieron al emperador de que eran capaces de fabricar una prenda especial, delicada y fina que era invisible para aquellos de bajo nacimiento o estúpidos. Fingieron vestir al emperador con la prenda inexistente y éste salió orgulloso (pese a que era incapaz de verla) a desfilar con los nuevos ropajes ante la expectación del pueblo. Por temor a la represión, nadie se atrevió a constatar la realidad e incluso alababan al emperador y su vestimenta hasta que un niño expresó abiertamente que el rey iba desnudo.

La moraleja de este cuento viene a advertir que no necesariamente es verdad lo que la mayoría piensa que es verdad o de quienes difunden esa verdad. ¿Somos el emperador, el pueblo asustado o el niño?

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