Miércoles, 23 de Mayo de 2018 Actualizado: 20:55 h.

La batalla contra el machismo es cultural: oposición y rebelión

El pasado 25 de noviembre fue una fecha de nuevo envuelta en un aura de significación con fuerte carga emotiva con ocasión de la protesta y denuncia internacional respecto del repugnante fenómeno que constituye la violencia de género. Desde todos los niveles y esferas que vertebran la sociedad, trazando un nítido recorrido que discurre en todas direcciones por todo canal comunicativo de los circuitos del complejo entramado social. En otras palabras, encontramos lugares que se llenan de baterías de eslóganes, marchas, eventos y manifestaciones de la misma naturaleza de forma dispersa, pero conectadas por un hilo conductor de solidaridad y unidad frente a un hecho señalado como enemigo, antisocial.

Es por tanto, una frontera que define una unidad interna y aparca las diferencias y organiza una identidad común de repulsa. Instituciones, asociaciones, organizaciones, comunidades y particularmente espacios más horizontales como las redes sociales ganan notoriamente protagonismo y visibilidad. Sin embargo la cuestión es si todo este marketing y el resultante y condescendiente  imagen tiene detrás contenido habilitado por un compromiso real con  voluntad que lo haga efectivo o es simplemente una débil fotografía que en unos días será un vago recuerdo que será reactivado el próximo año. La batalla contra la violencia de género no se libra en términos de respuesta institucional y de coerción frente a la consecuencia sino identificando la raíz del problema y concentrando todo esfuerzo en atacar su leitmotiv como fuente de reproducción con objeto de erradicar su implantación en las estructuras de comportamiento social: el machismo.

En primer término, resulta de extrema importancia insistir en la distinción entre violencia doméstica y violencia de género más allá de tratarse de una mera cuestión técnica y teórica. Con frecuencia pueden observarse ante la perpetración de un asesinato por violencia de género  reacciones y actitudes que reniegan de este hecho atribuyéndole una naturaleza distinta, desactivando el elemento agravante y violento y equiparándolo a un caso de violencia doméstica o al mero asesinato. Debe recordarse por consiguiente que la violencia de género es ejercida sobre la mujer por el mero hecho de serlo en cualquiera de sus formas, a saber, “física y psicológica, incluidas las agresiones a la libertad sexual, las amenazas, las coacciones o la privación arbitraria de libertad” según el artículo 1.3 de la LO de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género de 2004.

En lo que va de 2015, este año nos sumergimos en el dantesco panorama que presenta una preocupante cifra de 48 mujeres asesinadas, con base en datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales  e Igualdad. Otro hecho alarmante que incide sobre el hecho principal es el perfil del agresor. Además de considerar que en la práctica totalidad de los casos la víctima y el agresor sostenían relación de afectividad (mayoritariamente parejas y en menor medida exparejas) los datos muestran que progresivamente las cifras de casos de violencia de género aumentan en tramos de edad más reducidos lo que indica una tendencia proclive al ejercicio de la violencia machista en individuos más jóvenes en contraste a la media usual.

La extensión del machismo hacia generaciones más jóvenes es un indicio claro de la incorporación asistida de elementos propios de la cultura del maltrato y la naturalización de un sistema de estructuras configuradas sobre roles de género que en definitiva define la organización de las relaciones sociales entre individuos, identidades, significados y atributos generando jerarquías que ordenan las posiciones de instituciones sociales, políticas y económicas que respondiendo a los estándares de dominación de género introducen valores rectores en el comportamiento social. Como afirma Marysia Zalewski, el concepto de género puede expresarse como la “construcción social y cultural de las categorías de masculinidad y feminidad”. Lo que conduce a plantearse la forma en la que se conforma y se valora lo “masculino” y lo “femenino” en alusión al significado que proyectan, las identidades que definen y en especial las actividades, cualidades y conductas asignadas a cada categoría. En lo fundamental, todo lo asociado a la feminidad históricamente ha ido acompañado de un conjunto de atributos que delimitan la identidad femenina como una categoría naturalmente inclinada a detentar un rol de subordinación, irracionalidad y debilidad que debe ser guiado y conducido respetando la posición de autoridad masculina. Toda una tendencia a presentar tales argumentos falaces como inherentes a las diferencias sexuales biológicas y anatómicas, en palabras de Itziar Ruiz-Giménez. Nada nuevo.

Aunque la cuestión de género se ha abordado de forma directa en sus manifestaciones más evidentes si aplicamos una óptica retrospectiva, nunca se ha implementado ningún tipo de estrategia que, de acuerdo a los análisis, practique actividades que profundicen de forma efectiva en las raíces socioculturales del machismo, su desarrollo en los ámbitos educativo y familiar así como en otros entornos como el del ocio. La incorporación de la mujer al mercado de trabajo ha contribuido a alejar la imagen que se asocia a la mujer como sujeto encargado de la alimentación y la cría de los hijos y el respeto más absoluto y devoto al hombre. Sin embargo, no ha eliminado las diferencias en clave de desigualdad en el marco de la actividad laboral en comparación con los hombres que ocupan puestos homólogos, pese a los desgastados discursos políticos y leyes ineficaces que han insistido en revertir este hecho. De hecho, tiene lugar la introducción de hándicaps como los “techos de cristal” que frenan la oportunidad de promoción laboral debido a la ausencia de compensación de tareas dando lugar a una sobrecarga que afecta a la economía del tiempo personal (Apenas recientemente se está contemplando de forma expeditiva la habilitación de guarderías en los centros de trabajo). En el mismo sentido no se observa más que una infantil promoción de la igualdad en materia de cultura de cuidados y tareas que naturalice el reparto equitativo de tareas entre hombres y mujeres.

Avanzando hacia la perspectiva del desenvolvimiento social, detectar un trato condescendiente y paternalista hacia las mujeres rige el orden del día. De una forma o de otra se cohíbe a la mujer y se impide su desarrollo personal al tratar de extremar la precaución sobre ellas. Un ejemplo para ilustrar esta visión son las recomendaciones a las adolescentes de no vestir de forma “provocativa” o que no realicen actividades que puedan resultar peligrosas para ellas, y no para los hombres

En el terreno de las relaciones afectivas, sobre todo en jóvenes, el hecho del ejercicio y pleno disfrute de la libertad sexual genera connotaciones negativas y ofensivas si es una mujer quien lo realiza en lugar de un hombre, quien en cuyo caso cabe la posibilidad de ser objeto de admiración o de reconocimiento de su virilidad. Ser machista implica responder socialmente a través del comportamiento a estas secuencias canonizadas sobre el eje de la dominación masculina en la organización y desarrollo de la vida social. Es decir, sostener actitudes machistas no es asunto exclusivo de hombres. Las mujeres también pueden asumir roles heteropatriarcales y ordenar sus conductas en base a  tal configuración de estándares de conducta.

Básicamente, con esta descripción superficial mi intención es resaltar aspectos en los que es posible depositar identificación y señalar que tales manifestaciones son producto de creaciones culturales que asociadas a la tradición se ven despojadas de su carácter negativo y se les otorga un sentido más neutral, lo cual los fortalece en ese proceso de naturalización.

La violencia de género constituye la realización extrema del machismo, la fase en la que se produce una transgresión que impulsa a consumar el desprecio absoluto por la mujer. Naturalmente, muchas variables psicológicas o sociológicas pueden intervenir en el proceso, adulterando el comportamiento y desestructurando el clima de la persona que comete tal brutalidad.  Sin embargo, la promoción de una cultura de la igualdad entre géneros en todos los niveles que habiliten espacios de confluencia donde los sujetos se vean obligados a cooperar y a distribuirse tareas para interiorizarlas como naturales es el camino a seguir. La creación de planos de simetría y horizontalidad en las relaciones sociales puede conducir al reconocimiento recíproco y a la eliminación de esas identidades preconcebidas.

Para ello, es vital a mi juicio, disputar simultáneamente la batalla por el lenguaje dada su relación con las estructuras de poder. El lenguaje nombra y define las identidades y las estructuras, es también una herramienta que moldea el comportamiento social y comunitario. No tomar responsabilidad por ello conlleva, como puede concluirse, un resultado de sublimación de conductas agresivas contra las mujeres. La reticencia mostrada hacia la solución de un hecho que escapa del ámbito privado al público constituye irresponsabilidad y sugiere falta de altura política, vulnerando no la razón de Estado o interés general, sino el bienestar de la comunidad per se y sus integrantes.