Lunes, 20 de Agosto de 2018 Actualizado: 11:03 h.

Por la unidad de la gente común

Creo que hacer política, cualquiera que sea el ámbito desde el que uno la haga, es tratar de elaborar discurso, Entendiendo  por “discurso” todo ese conjunto de actividades, dirigidas a aglutinar las voluntades de la gente, que proponen cierto sentido común al que poder adherirse. En una batalla constante por la significación, el discurso se expresa mediante reivindicaciones, palabras, símbolos, canciones, fiestas, fechas, literatura, cine, etc.; todo un conjunto de significantes en disputa que se pueden usar -o no- para construir sentido.

La izquierda es un significante que fue muy valioso para librar la batalla cultural por la construcción de sentido en Europa, en especial, durante el siglo XX, y al que le debemos el legado antifascista y las conquistas sociales que se reflejan en nuestras constituciones. Pero a día de hoy aparece como una palabra que, aunque para mucha gente siga siendo útil como forma de identificación política, es un significante desgastado y quizás un “escollo discursivo” para la construcción de nuevas mayorías. Porque la pregunta en estos momentos no es cómo hacemos para unir a esa pequeña parte de la sociedad que se identifica con la izquierda, sino cómo hacer para trasvasar a favor de un proyecto progresista y transformador todos esos apoyos que aún reciben los privilegiados –en términos electorales, pero sobre todo en términos culturales– y que provienen de las clases populares.

Si apostamos por resignificar la izquierda, tendremos una tarea loable pero muy ardua para convencer a toda esa gente que forma parte de las clase trabajadora, pero que vota a la derecha, de lo equivocada que está y de que en realidad es la extremadamente demonizada izquierda la que defiende sus intereses de clase. Para después pasar a explicarle a toda esa otra gente que sí que votaba lo que creía que era izquierda y convencerle igualmente de su error y de que, en realidad, apoyaba una izquierda falsa o a una que dejó de serlo. Todo esto en un contexto histórico en donde, por una parte, la claudicación socialdemócrata ante el neoliberalismo y, por otra, el fracaso de los proyectos socialistas del siglo XX dejan a la izquierda desdibujada y sin proyecto claro de alternativa al modelo capitalista.

Pero también se puede restar importancia al eje izquierda / derecha para tratar de desvelar –como hizo el 15M– que el emperador está desnudo, construyendo un nuevo sentido común en torno a significantes que apelen a las mayorías sociales que, aunque no comparten viejas identificaciones políticas, sí que comparten horas de espera en las salas de urgencias y sus nombres en las listas de espera; sí que sufren el mismo terrorismo machista, los mismos despidos, los mismos recortes y realizan los mismos “trabajos” precarios; que se les remueven las tripas de la misma forma cuando ven las colas en los comedores sociales, a nuestras abuelas y abuelos estafados por los bancos, a nuestras fuerzas de seguridad desahuciando nuestras casas, a nuestros estudiantes fregando platos para costearse su carrera –o peor  aún, una vez terminada esta porque no encuentran de lo suyo–;  a toda esa gente que se asquea cuando ven a nuestros políticos en la Unión Europea aplicar políticas xenófobas e inhumanas y a la gente que no quiere ver la democracia rendida ante el poder de las multinacionales. Por no hablar de las y los que estamos hartos de ver que los corruptos siempre se van de rositas.

Así entendida, la apuesta por la transversalidad, la defensa no solo de la unidad de la izquierda sino de la unidad de la gente común, no es capricho ni marketing. Es una de las  condiciones necesarias para ganar este país y para recuperar la democracia en Europa.