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PosPodemos

Jorge García López | APLIQUEMOS EL SENTIDOCOMUNISMO

periodicoclm.es | Periódico de Castilla-La Mancha | 15 de Abril de 2019

PosPodemos - Jorge García López - UCLM
PosPodemos - Jorge García López - UCLM

No deja de ser una “sonrisa del destino” que un significante con el prefijo “pos” vaya a convertirse, connotado negativamente, en omnipresente en los próximos años para la izquierda española. Recordad que el grueso de las referencias intelectuales definitorias de Podemos que inicialmente se reclamaban positivamente por parte del grupo promotor (posmodernismo, posmarxismo, pospolítica, etc.), también contaban con el prefijo de marras. Convendría que, en esta ocasión, consiguiéramos superar cuanto antes su carácter de significante vacío y tratáramos de dotar al “posPodemos” de algún contenido concreto. Digo, ya que todos los actores relevantes, tanto de dentro como de fuera, están ya operando partiendo de dicho escenario: el escenario “posPodemos”.

Un escenario en que Podemos (Pablista‑Irenista), su “ejecutiva” y sus 20 y pocos parlamentarios coyunturales (descontados los catalanes e IU) serían un actor más, entre muchos otros ‑piénsese en la situación de la CAM y extrapólese: Más España Actúa, Anticapitalistas Unidas y múltiples marcas autonómicas‑, de cara a una urgente “reconstrucción de la izquierda”. En ese impasse, de duración indeterminada, nos jugamos todos mucho, precisamente en torno al balance crítico de la experiencia en cuestión ‑decir que “hemos dado vergüenza ajena”, obviamente, NO es un ningún balance crítico‑. Pues según cómo resulte dicha accountability podríamos (o no) repetir ad infinitum las mismas dinámicas que nos han traído hasta aquí (como ha ocurrido, precisamente, con Más Madrid que no es más que un Podemos dospuntocero, o sea, un Podemos recauchutado).

Lo que sigue es una aportación para un diagnóstico tal.

En el debe: el proyecto (Podemos) demostró la importancia electoral de tomarse en serio el marketing propagandístico en medios audiovisuales de masas e internet y, fundamentalmente, narrativizarlo. La famosa “hipótesis populista”, en la práctica, se reducía a esto. Conviene no menospreciar este descubrimiento: con, como quien dice, un leader, dos spindoctors, cuatro storytellers, seis community managers y tropecientos aspirantes a political coach se consiguieron 5 millones de votos, que se dice pronto.

En el haber: ebrios por el hallazgo, el de la importancia táctica (electoral) de los medios contemporáneos (guionizados) de propaganda, inmediatamente nos ha llegado la resaca. La de la insuficiencia estratégica (política) de los mismos. Una cosa es prepararse para no perder batallas y otra hacerlo para ganar una guerra. Para esto último nuestras narrativas propagandísticas multimedia deben apoyarse en análisis colectivos que se coloquen en condiciones de explotar los posibles inscritos en lo real (en contra del “sentido común” imperante) y, por tanto, en una infraestructura organizativa: en lo que, convencionalmente, se ha venido denominado un Partido Político de masas.

Convendría no llamarnos a engaño al respecto: es imposible superar la “forma Partido” sin pasar antes por ella. O, en otras palabras: para hacer un Partido diferente al resto primero hay que hacer algo parecido a un Partido.

Podemos NUNCA ha llegado a ser un Partido Político de masas. Los “programas de máximos”, las “líneas de trabajo estratégicas” o los “principios ideológicos” siempre han venido cocinados, y (supuestamente) cenados, en las respectivas casas de cada banda (JSF, UJCE, AC).Y siempre han formado parte, además, de lo sobre‑entendido para cada una de ellas. Pues los símbolos, acontecimientos, referentes, etc. que conforman la identidad de un grupo de afinidad electiva (o primario) nunca se discuten, dado el riesgo de dividir al grupo mismo. Si, en todos los casos (leninistas, trotskistas, autónomos), el “socialismo”, por ejemplo, alguna vez ocupó ese lugar (símbolo, acontecimiento, referente…), en qué pueda consistir concretamente éste formaba parte de lo que el buen militante (en realidad, “compa”) debía dar por supuesto o sabido. O si no, véase el quilombo que se ha montado el año pasado con la “clase obrera” de buenas a primeras (el mismo quilombo que, mutatis muntandis, el trabajo sexual y sus derechos ha generado en cierto feminismo). De la suma de grupos de afinidad electiva de marcado carácter identitario (características omnipresentes en las ramas juveniles de los Partidos y los movimientos sociales) no surge espontáneamente una organización coordinada en base a normas y reglas comunes: una que nos permita, justamente, destripar colectivamente dichos sobre‑entendidos y encarnarlos en prácticas socio‑políticas concretas.

Fue Vistalegre II (y NO Vistalegre I) el momento en que la posibilidad de una organización tal se dio por concluida. Vistalegre II se presentó como la batalla definitiva por el control de posiciones orgánicas y, efectivamente, tras la victoria de una banda sobre las otras dos, se actuó en consecuencia: despido de los no afines; patrimonialización de todas las posiciones relevantes por los miembros ([email protected], [email protected], etc.) de la facción ganadora; utilización de los medios orgánicos, incluidos los participativos ‑restringidos al plebiscito‑, para hacer pasar intereses particulares (personales) por colectivos (políticos); multiplicación de puestos, espacios y reglamentos extra‑estatutarios ad hoc, destinados a asegurar la discrecionalidad de dicha banda sobre el conjunto de la organización; vaciamiento sistemático del debate político en todos los órganos colegiados; liquidación de toda la organización territorial por debajo de las ejecutivas autonómicas ‑con objeto de pilotar las políticas de confluencia desde Madrid‑, etc. En estas condiciones jamás se pasó a ningún “carril largo”.

Aquella empresa compuesta de liberados y cargos públicos (que escuchaban a Coldplay y conspiraban para pactar con Sánchez) no hizo más que seguir creciendo y multiplicándose, entregándose, exactamente igual que ayer, a la confección de más tweets, más canales de Telegram, más vídeos, más infografías, más argumentarios, más canutazos, etc. (sólo que ahora, tras haber pactado con Sánchez, con La Polla Records en sus auriculares ‑es de suponer‑). Para Política, con mayúsculas ‑o sea, para la toma de decisiones institucionales y comunicativas de carácter táctico‑, ya estaban en Madrid los miembros de la banda ganadora. Y, para organización, bastaba la suya: ésa que se decía, no más, movimiento (“Vamos!”) y cuya cultura política, pretendidamente esotérica, siempre ha estado disponible en librerías por menos de 10 euros, en la forma de… ¡manual de autocoaching (Robert Green, 2008: Las 48 leyes del Poder, Espasa)!

A medida que el proyecto se vaciaba orgánica y políticamente los resultados de la propaganda multimedia no han hecho más que caer en picado (claro que, lo que el público le permitía a un adolescente en 2014 ya no se lo tolera a un adulto en 2019). Y así hemos llegado hasta al absurdo lógico de pretender, en esta campaña, dedicarnos a “patear el tablero” de… (redoble de tambor) los medios de comunicación de masas (“VuÉLve”). Al denunciar esta industria, de cuya utilización han dependido nuestros éxitos electorales, en tanto fábrica sistémica de posverdades (¡otro pos!), estamos convirtiendo ipso facto nuestra “puñetera verdad”, la revelada mediáticamente en ese mismo “teatro”, en otra mentira más para el telespectador que se haya convertido a nuestra nueva fe. ¿O a Roures lo financia el Espíritu Santo? Por algo la ruptura de la cuarta pared nunca ha funcionado muy bien en, precisamente… ¡House of Cards (un thriller político y no una sitcom, for God’s sake)! Pregunta para el spin doctor de la política comunicativa estatal: ¿Cuánto cinismo y relativismo ético puede incorporarse, en la política‑ficción actual, a un guion sin que éste acabe implosionando por falta de verosimilitud para el común de los mortales? ¡Menos mal que ha llegado luego una investigación judicial para corregir el tiro!

El correlato de todo ello en Castilla‑La Mancha lo hemos podido constatar estos últimos meses: ¿qué fue de la Ley Integral de Garantías Ciudadanas? ¿Y de la Ley de Participación Ciudadana? ¿Y del Acuerdo Estratégico para la Paz y la Convivencia en Castilla‑La Mancha (“contra todo radicalismo”)? ¿Y de las 9/19 Medidas para Gobernar? Pues éstos han sido los significantes sobre los que ha pivotado la “política”comunicativa (la única que hay) del proyecto en la región durante un año y medio largo: “ganar para Gobernar”. Las dos primeras se han quedado en el Consejo de Gobierno (NO se han convertido en leyes) y de las diez últimas, nunca más se supo. Y eso que se suponía que (aun pudiendo condicionar su actividad desde el Parlamento) se entraba en el Gobierno de Page para “garantizar” que el resultado de los acuerdos con el PSCM se materializase en tiempo, forma y contenidos. Pues eso: siempre se trató de otra cosa. De la ocupación de posiciones intermediarias (“hacer que la gente dependa de nosotros”) en relación con la banda madrileña ganadora en Vistalegre II.

Tristemente, tras haber soportado varias humillaciones públicas, ni siquiera este último objetivo tiene visos de poder realizarse: tanto la resolución de las listas estatales y europeas, primero, como las derivadas (cónclave de secretarios generales autonómicos incluido) de las ultimas trifulcas madrileñas, después, apuntan a una inminente defenestración de la chupi‑pandi toledana por parte de Madrid. No tienen más que esperar a los estupendísimos (sarcasmo) resultados electorales de mayo. Claro que, como los de abril no serán mejores y provocarán aún más voto útil en las autonómicas, siempre se podría optar (“la culpa ha sido de estatal”) por una reconversión de ultimísima hora a un “Molinismo‑posPablista” que sirva de puente de entrada a un futuro Más Castilla‑La Mancha Actúa. Y a seguir con los relatos, a ver qué pasa...

En definitiva, en lo que al escenario “posPodemos” respecta, nos convendría, antes que nada, ceñirnos literalmente al lema“lo más profundo es la piel” (Paul Valéry): sin un trabajo serio en torno a normas, reglas y procedimientos no hay organización democrática, sin organización democrática no hay debate colectivo organizado y sin debate colectivo organizado no hay política digna de tal nombre.


Jorge García López
Profesor de Sociología de la Universidad de Castilla‑​La Mancha (UCLM)

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