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La guerrilla del llano: resistencia, torturas de la Dictadura y mujer manchega en el maquis

Eduardo Rubio Aliaga | 30 de enero de 2020

Prisioneros políticos antifranquistas y colaboradores de los maquis fotografiados con sus familias en el día de Navidad. Prisión Provincial de Albacete, 1947. ARCHIVO
Prisioneros políticos antifranquistas y colaboradores de los maquis fotografiados con sus familias en el día de Navidad. Prisión Provincial de Albacete, 1947. ARCHIVO
  • En 1947 se promulgó la ley de bandidaje y terrorismo para acabar con la resistencia republicana, dejando el régimen total libertad a sus autoridades para exterminar las guerrillas del maquis, algo que se tradujo en represión y asesinatos sin juicio.

  • Las mujeres jugaron un papel imprescindible en la lucha antifranquista en La Mancha. La mayoría actuaban como enlaces entre organizaciones guerrilleras y políticas, pero otras participaron en la lucha armada.

CIUDAD REAL.- El periodo comprendido de presencia de la guerrilla maquis en España es desde el fin de la Guerra Civil española en 1939 hasta el año 1965 cuando murió en Galicia José Castro Veiga, conocido como “el piloto” considerado el último maquis en España. Aunque el auge del movimiento maquis tuvo su apogeo entre el año 1945 y 1947, periodo de máxima actuación, que se comprende desde la Invasión del Valle de Arán (1944) hasta 1950, año en el que el régimen franquista tuvo el favor de Estados Unidos y con ello el de toda la esfera internacional, a excepción del bloque soviético y afines, que se tradujo en la pérdida de toda esperanza de combatir al régimen franquista y progresiva disolución del maquis en toda España.

El periodo del maquis en la zona de La Mancha se extiende cronológicamente, al igual que en el resto de España, cuando con el avance de Franco durante la Guerra Civil acorraló a los combatientes republicanos que decidieron  marcharse al monte. En esta época ya existían partidas con poca efectividad, más preocupadas de su supervivencia que de la lucha armada contra el régimen. Con la derrota de las naciones fascistas en la Segunda Guerra Mundial en 1945 comenzó a crecer el fervor por la resistencia maquis en La Mancha y a crearse los primeros grupos organizados que combatirán a la Guardia Civil y al Somatén ‑institución parapolicial disuelta por la Segunda República y recuperada por el dictador Francisco Franco para combatir a los maquis‑. Según las investigaciones de Pilar Laparra en 2017, el número de maquis muertos en Castilla-La Mancha fueron  al menos un centenar.

Fue el historiador español Secundino Serrano Fernández quien denominó a los guerrilleros del maquis de la llanura, donde están englobados los de La Mancha, como los “guerrilleros del llano” dentro del vocabulario de la guerrilla, más indefensos que los del monte pero a la vez igual de imprescindibles.

LA LEY DE BANDIDAJE Y TERRORISMO

La promulgación de esta ley no fue nada más que un instrumento para acorralar a los guerrilleros del maquis, los cuales ya eran pocos los efectivos y un movimiento fatigado por el desánimo y la persecución a la que sus miembros y familias estaban sometidos.

La Ley de Bandidaje y Terrorismo se convirtió en la punta de lanza de  Francisco Franco para acabar con la tensión interna y el ideario republicano que el propio dictador no conseguía acallar. Esta ley, promulgada el 18 de abril de 1947, fue una legislación hecha a medida para combatir a la guerrilla del maquis, ya que tras el triunfo de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial y la derrota de Hitler y Mussolini, las esperanzas de los exiliados republicanos, o aquellos que apoyaban una sublevación contra el régimen fascista de Franco, crecieron de tal manera que en los foros internos del régimen preocupaba una nueva guerra civil a favor de la vuelta de la democracia en España, con el posible apoyo de gobiernos democráticos extranjeros y apoyada por la clase popular española.

La ley recapitulaba toda la legislación anterior, teniendo como novedad que todos los delitos políticos, serían atribuidos a un tribunal militar. Según el preámbulo de esta ley, para atajar la actividad guerrillera y controlar a la población, se establecerían “medidas especiales” buscando así, mermar la capacidad de operación y movimiento del maquis.

Tales eran las condenas, que se imponía la pena de muerte no solo al que asesinase a otra persona, sino por la simple razón en aquella época de portar un arma o detener a un viajero fuera de la localidad, sobre todo, en el medio rural.

El resultado fue una legislación interesada únicamente en aniquilar el ideario democrático de la población y endurecer las represalias contra los que habían defendido el movimiento republicano durante la Guerra Civil o años después. En consecuencia, provocó la aparición de una población aterrorizada por las acciones del Ejército y la Guardia Civil, así como por las acciones del  maquis.

TORTURAS A LA RESISTENCIA

Tal era la desesperación de las autoridades estatales por la dificultad de combatir al maquis que se prohibió expresamente denominarlos como “guerrilleros” y la obligación de denominarlos “bandoleros o forajidos”. No es de extrañar que al frente de las partidas policiales para detener a los guerrilleros se posicionasen a psicópatas que torturasen tanto a familias como a los miembros del maquis, generalmente en los arrestos o cuarteles de la Guardia Civil. El cuartel de Vianos o el de Alcaraz ‑ambos en Albacete‑ son donde más testimonios de torturas a detenidos tenemos.

El hambre y las inclemencias climatológicas también hacían mella en la salud de los detenidos que, junto a las torturas muchos morían sin tener un juicio debido a enfermedades como neumonías, tuberculosis, deshidratación, desangramientos, traumatismos craneales severos e incluso envenenamientos.

Las torturas no solo eran físicas, sino también mentales, ya que la comunicación a la que estaban sometidos los arrestados era prácticamente nula, a merced de la información que querían proporcionarles los agentes, en la mayoría de ocasiones malintencionada con el objetivo de mermar su esperanza o para que delatase a compañeros y colaboradores. La incomunicación  se unía a la desesperación de no saber nada de sus familias mientras estaban arrestados, ya que las familias y los exmiembros del maquis eran sometidos a una persecución que en la mayoría de ocasiones les obligaba a mudarse de localidad o a exiliarse al extranjero, por no hablar de la marginación social a la que eran sometidos por autoridades y el resto de la población, en este caso, por el terror de la población a ser reprimidos.

Este fue el caso de Emiliano Lopez Parra, conocido por “Poto”, al que prohibieron vivir en su pueblo natal, la localidad albaceteña de Salobre, y acabó afincado en Villapalacios ‑situado en la misma provincia‑. Allí la población le hizo la vida imposible culpándole de todos los males, desde pintadas en la calle o llamadas al cuartel que acababan en insoportables maltratos, sin haber contradicho la ley en ningún momento.

En las investigaciones de Aurelio Pretel Marín y Manuel Fernández de Sevilla Martínez rescatamos el testimonio que el 14 de octubre de 1947, había fallecido “suicidado” en su celda en el Ayuntamiento de Tomelloso el médico Cicuéndez, un doctor arrestado por su vinculación con el PCE, que se dedicaba a curar a el resto de detenidos  y enfermos como Francisco Gallardo. El 29 del mismo mes murió Martínez Alcolea , responsable  en Socuéllanos de la organización en toda la comarca, “al querer escapar” de la cárcel. Otro caso fue el del famoso maquis Sebastian Moya Moya, “Chichango”, capturado tras el seguimiento a su novia, detenida en octubre de 1947. Ésta se había citado con una amiga, Matilde Vargas Grande, que acabó muerta en el cuartelillo por “asfixia”, según la versión oficial, pocos días después de su captura, en la estación de Silla (Valencia). Como ya comentamos en el artículo La Mancha y la resistencia maquis: los sucesos de 1947 en Tomelloso, “Chichango” intentó escapar a tiros por las calles de esa localidad ciudadrealeña, pero fue capturado el 31 de marzo de 1948, torturado hasta el punto de quedar casi inválido, y al final fusilado en Albacete el 27 de agosto de ese mismo año.

Aunque son pocos los recuerdos que se guardan en la memoria de los habitantes de Salobre, es necesario recordar el brutal acontecimiento ocurrido y que ya sólo queda escrito en los libros de historia. Tras el chivatazo de unos confidentes, sobre unos guerrilleros escondidos en el refugio de Los Marines, una zona de cortijos a un kilómetro de El Salobre, el Teniente Coronel de la Guardia Civil de Albacete, Carlos Ponce de León, y Leopoldo Ruiz Cuerda, capitán del cuartel de Alcaraz, dirigieron una emboscada al escondite del maquis el 8 de marzo de 1947. Allí perecieron siete guerrilleros, uno de ellos fusilado tras ser detenido, tras el ataque de los guardias junto al Somatén.

Ese mismo día, por la madrugada fueron detenidos otros guerrilleros de la zona que no habían estado presentes en la refriega, como fue el caso de Maximino “el barbero” y Ventura Marín, sacados de la cama por la Guardia Civil y llevados después a Los Marines, por si fuera preciso poner la dinamita para destruirlo. Del mismo modo, Eugenia Cabezuelo, la mujer de Atanasio, uno de los maquis asesinados, el médico Membrilla que acababa de hacer la autopsia de los muertos, el herrero Medina, el comunista Jesús Garrido, y el que había sido alcalde y jefe de Falange, José Antonio Martínez, fueron interrogados y torturados en el Ayuntamiento antes de remitirlos a Alcaraz, donde les tomarían declaración formal.

Los vecinos que por aquel entonces vivían en las inmediaciones de la Plaza recuerdan los gritos que se oían a pesar de tener las ventanas cerradas. Se encuentra unanimidad entre todos los habitantes del municipio en que Maximino Cano fue sacado por la autoridades ya cadáver, dentro de una caja y envuelto en una manta a un camión. La autopsia del oficial, por la autoridades del régimen se hizo a oscuras y sin bajar al fallecido del camión, un informe en el que se extraían como conclusiones que el cuerpo no presentaba contusiones, pero sí una dilatación del ventrículo izquierdo causante de una insuficiencia cardiaca mientras que estaba en El Salobre, antes de conducirlo hasta a Alcaraz. Sin embargo, los testigos alegan que fue sacado ya muerto a golpes con el astil de un pico

Otro de los testimonios es el de otro miembro del maquis, “El Valenciano” y su mujer “La Pepa”. Paco Gomar Torró, “El Valenciano”, se había escondido y un par de años después se volvió a saber de él. “La Pepa”, su mujer, abandonó Salobre (Albacete) por la persecución a la que se veía sometida y se marchó a Valencia, donde trabajó de limpiadora, aunque también se mudó a La Pobla del Duc y a Játiva. Allí la Guardia Civil de paisano la estuvieron siguiendo por si les conducía a su marido.

Detenida en casa de sus suegros, el 1 de agosto de 1947, fue torturada de tal manera que los agentes consiguieron que delatase a las personas que iban por su casa y solían tratar con su marido, pero no reveló donde se escondía Paco Gomar. Sin embargo, después de interceptar una conversación que tuvo en la Prisión Provincial de Albacete con su cuñado Blas, detuvieron a éste y a los niños, que traía con él a la visita y le hicieron conducirles hasta su marido.

Lo sorprendieron durmiendo el 9 de enero de 1949 y, pese a haber construido un túnel, no pudo zafarse de la Guardia Civil. Fue brutalmente torturado, incluso llegó a intentar suicidarse cortándose el cuello, pero los agentes de seguridad nunca consiguieron sacarle nada sobre sus movimientos. “El Valenciano” fue condenado a pena de muerte, pero pronto le fue conmutada la pena por 30 años, de los que terminó cumpliendo 10. Finalmente, ya fuera de prisión “El Valenciano” y “La Pepa” pudieron envejecer juntos en libertad.

“El Valenciano” y “La Pepa” años después de salir de la cárcel. FONDO A. TÉLLEZ

CÁRCELES Y VIDA DE LOS RECLUSOS

En lo que geográficamente se conoce como La Mancha, zona en la que se centra este artículo, encontramos dos tipologías diferentes a la hora de clasificar las infraestructuras carcelarias utilizadas por el régimen para encarcelar a los maquis. Por un lado estaban los arrestos, lugares de reducido tamaño donde las celdas se encontraban entre cinco y una decena de celdas. Solían encontrarse en cada municipio para el arresto de los guerrilleros, a la espera de la vista en el tribunal y su posterior condena. El arrestado solía estar sometido a palizas y torturas constantes por los cuerpos de seguridad para conseguir un testimonio, colaboración o delatar a otros grupos maquis que seguían en busca y captura por el ejército. Muchos de ellos morían por las torturas, otros simplemente fallecían a causa de las enfermedades durante su arresto y pocos de ellos llegaban hasta su juicio donde o eran encarcelados o fusilados.

Alguno de estos arrestos los encontramos en los sótanos del Ayuntamiento de Tomelloso o el arresto de Alcaraz. Destaca la actuación en Ciudad Real del famoso teniente coronel Eulogio Limia Pérez y sus subordinados, que se especializaban no en matar guerrilleros, sino en utilizarlos como colaboradores o confidentes. Eulogio Limia llenó de detenidos, previamente pasados por interrogatorios, acompañados de torturas, en los ayuntamientos y cuarteles de la Guardia Civil de cada pueblo y de la misma Infantes, la cárcel de partido, instalada en la Alhóndiga.

Por otra parte, cuando los maquis eran juzgados y obtenían su condena, fuera del fusilamiento, existía la posibilidad de una condena dentro de una cárcel que, por aquella época se encontraba llena de presos políticos, ya sea por su participación en la Guerra Civil, su vinculación a movimientos políticos contrarios al régimen y en clandestinidad, o a las insurrecciones del maquis por toda la geografía española.

En la zona de lo que políticamente se conoce desde 1978 como Castilla-La Mancha encontramos las cárceles provinciales de Ciudad Real, Guadalajara, Albacete, Toledo y Cuenca. La Cárcel Provincial de Cuenca estaba ubicada en el mismo Castillo de Cuenca que, actualmente es el Archivo Provincial de Cuenca, y había sido la antigua Cárcel de la Inquisición, mientras que la de Albacete es de la que más testimonios y fuentes documentales tenemos.

La vida para los reclusos en los centros penitenciarios a los que eran destinados no eran muy diferentes. Aunque es cierto, que las torturas eran menos frecuentes que en los centros de detención y arrestos, siempre había torturas periódicas. Unido a la falta de higiene de las cárceles, el hacinamiento y la transmisión de enfermedades infecciosas por vía respiratoria hacía difícil la supervivencia en las cárceles. La comunicación de los presos con sus familias era muy escasa, en la mayoría de las ocasiones acotado al envío de cartas. Aunque cabía la posibilidad de visitas de parientes a los centros penitenciaros, en la mayor parte de los casos era imposible para una familia el gasto de dinero que suponía el desplazamiento desde sus municipios de origen hasta las cárceles para visitar a sus familiares presos y proporcionarles ropa nueva, mantas o algo de comida.

LA MUJER MANCHEGA EN EL MAQUIS

El mundo femenino dentro del maquis estuvo muy limitado, ya que la resistencia antifranquista tras el fin de la Guerra Civil tuvo una presencia femenina muy escasa. En primer lugar, podemos entender su escasa presencia debido a que, ante la falta del progenitor, a los hijos solo les quedaba el amparo de las madres y la custodia del hogar o cuidado del resto de la familia y, en segundo lugar, eran muy útiles como enlaces entre organizaciones guerrilleras o para el aprovisionamiento de los miembros del maquis.

Según las investigaciones realizadas por Benito Díaz y José Ignacio Fernández Ollero, en su libro Mujeres y Hombres en la resistencia antifranquista, de casi 6.000 guerrilleros que hubo en España, apenas 100 fueron mujeres y la gran mayoría se concentraron en la sierra extremeña, Ciudad Real y Toledo. Pero, pese a la gran diferencia en número de participación entre hombres y mujeres, la presencia o colaboración femenina se hacía imprescindible para la resistencia maquis, ya fuese en el aprovisionamiento de alimentos, armas, munición, vestimenta o como simples enlaces entre agrupaciones maquis, con organizaciones políticas clandestinas o la preparación de las reuniones de diferentes plenos maquis.

En muchas ocasiones, las mujeres se veían obligadas a marcharse a la guerrilla tras la pérdida de sus familias. Se negaban a doblegarse al régimen tras los asesinatos de su familia, la persecución política en sus municipios y la extrema pobreza a la que estaban sometidas, tan solo les quedaba el monte o los llanos, donde vivirían junto a sus compañeros y compañeras luchando y esperando el momento juntos para derrocar al régimen franquista.

Dentro del ámbito castellanomanchego encontramos a guerrilleras como Remedios Montero Martínez “Celia”, nacida en Beamud (Cuenca) que perteneció a la Agrupación de Levante y Aragón, junto a su padre y su hermano a los que perdió en la guerrilla; Elisa Paredes Aceituno “Golondrina”, que se estableció en la sierra ajena a la Jara toledana.

En el resto de España, también encontramos a otras mujeres que lucharon en el maquis, como la castellonense Teresa Pla Meseguer "Durruti" o "La Pastora", que sufrió seudohermafroditismo y tras las constantes humillaciones por los Cuerpos de Seguridad, se lanzó al monte, actuando junto al maquis en la zona de Levante.

 A la izquierda, Remedios Montero “Celia” y, a su derecha, Elisa Paredes Aceituno “Golondrina”. ARCHIVO

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