domingo 08.12.2019
EXCLUSIVA | MEMORIA HISTÓRICA

Confesión sobre cómo el franquismo ocultó haber mutilado a varios niños de Tomelloso con una bomba en 1956

  • Sale a la luz la verdad de uno de los secretos más oscuros del régimen en esta localidad manchega, donde la explosión de una granada casera dejó tuertos a dos menores y a otro manco mientras jugaban en un parque.
  • Un exagente de la Policía Municipal revela a este diario que los responsables del trágico suceso fueron las autoridades locales de la Dictadura, frente a la versión de la prensa oficial que culpó del incidente a un falso fortín republicano.

Comitiva que recibió en 1936 al bando franquista en Tomelloso, a las puertas del Ayuntamiento, dando comienzo a la etapa municipal bajo la Dictadura. Foto: Serafín Herizo
Comitiva que recibió en 1936 al bando franquista en Tomelloso, a las puertas del Ayuntamiento, dando comienzo a la etapa municipal bajo la Dictadura. Foto: Serafín Herizo

CIUDAD REAL.- Nueve meses después de la publicación en PeriódicoCLM del artículo 'La Mancha y la resistencia del maquis: los sucesos de 1947 en Tomelloso', hubo personas muy interesadas que vivieron aquel suceso tan fatídico que hizo abrir más de una herida que la memoria impide cerrar. Tal es así que, tras este tiempo trascurrido desde aquel reportaje, una simple llamada y el posterior trabajo de investigación permiten desvelar hoy uno de los secretos más oscuros de un trágico acontecimiento ocurrido en esta localidad manchega durante el franquismo, en concreto, la tarde del 16 de junio de 1956.

Un contacto telefónico realizado por José Mateo Martín, exagente de la Policía Municipal de Tomelloso que, contando con nada más y nada menos que noventa y dos años ha deseado confesar la verdad acerca de un acontecimiento que conmocionó a la sociedad tomellosera y que, hasta ahora, nunca había salido a la luz.

Tras concertarse una cita para realizarle una entrevista en su apartamento, pasamos a una conversación que duró casi tres horas, desentrañando el horrible suceso por el que estaba tan interesado en desvelar y que en varias ocasiones le costaba más de una lágrima por la culpa y la liberación que suponía contar aquel secreto, además de otras informaciones sobre la historia de Tomelloso durante el franquismo.

Hablamos de una explosión que tuvo lugar aquella tarde, anteriormente mencionada, en los aledaños del Parque Urbano Martínez ‑comúnmente conocido en esta localidad ciudadrealeña como el Parque Viejo‑, donde a un grupo de niños les sorprendió una explosión mientras jugaban con un artefacto casero que habían encontrado en una alcantarilla, causando heridas de importante gravedad a algunos de ellos.

Según la información que nos proporcionan los Diarios Municipales, albergados en el Archivo Municipal de Tomelloso, las víctimas fueron  José María Moreno Tolentino, de ocho años y en estado gravísimo; José Perona Fernández, de 15 años y con heridas muy graves; Santiago Vecina Gallego, de 13 años y lesiones graves; al igual que José Miguel Villaescusa Delgado, de 7 años. Finalmente, con daños leves resultaron  Pablo Sánchez-Rey Correas, de 8 años; Juliana Moreno Tolentino, de 4 años, y Julia Tolentino Belló, de 35 años.

José Pérez Torres, alcalde franquista de Tomelloso entre 1954 y 1967

José Pérez Torres, alcalde franquista de Tomelloso entre entre 1954 y 1967

La pregunta que los heridos, sus familias y la población se hizo durante mucho tiempo es, ¿cómo llegó a parar un polvorín de granadas de mano y artefactos caseros en un desagüe de un parque público? El silencio de las autoridades franquistas municipales, por aquel entonces el alcalde José Pérez Torres y la Policía Municipal con José Candela a la cabeza de la jefatura, dejaron toda la información en manos de la prensa.

En este caso, el diario Lanza ‑fundado años atrás por el jefe provincial de Falange‑ publicó el 18 de junio de 1956, que los heridos fueron llevados en ambulancia al Hospital de Ciudad Real, donde José Perona Fernández y José María Moreno perdieron un ojo cada uno, además de otro de los niños que  perdió la mano, mientras que el resto de heridos se recuperaban sin problema alguno.

Aquella noticia achacaba el hallazgo de las bombas a un falso escondite de la República usado durante la Guerra Civil, debido a la cercanía al Campo de Aviación Republicano que existió en las cercanías, en lo que hoy en día es el Hospital General de Tomelloso. Publicada la noticia, junto con la inexistente investigación por las autoridades locales, las familias de los heridos se resignaron a aceptar el terrible error que cometieron sus hijos al jugar con una granada casera.

Sin embargo, ya en democracia, uno de los mutilados recabó información sobre el suceso visitando el Archivo Municipal, sin encontrar más que un par de noticias, lo que le llevó a cesar en el empeño para someterse a la versión de la Dictadura de que fue un juego de niños y que a cualquiera le podría haber pasado.

Sesenta y tres años después de aquel suceso, encontramos la clave en la confesión de José Mateo Martín. Este agente de policía jubilado, natural de Serradilla (Cáceres) nació en 1927, realizó la mili donde ascendió a Cabo Primero. Más tarde, fue Policía Municipal de Pontevedra (1953‑1955), gracias a las Juntas de Destino Civiles, y en febrero de 1956 decidió aceptar una plaza como Agente Municipal en Tomelloso. Establecido definitivamente en esta ciudad, acabó casándose y teniendo tres hijos. Actualmente es viudo y vive en una residencia de ancianos desde junio de 2016.

Buscando el origen de la explosión, es necesario retomar el reportaje publicado en este medio de comunicación en enero de 2019 y remontarse a los sucesos del 8 de octubre de 1947 que tuvieron lugar en Tomelloso, cuando un grupo de maquis pertenecientes a la Vº Agrupación de La Mancha, fue delatado en su escondite en una casa de la actual calle Oriente, esquina con la calle Habana, rodeada por miembros del Somatén ‑institución parapolicial disuelta por la Segunda República y recuperada por el dictador Francisco Franco para combatir a los maquis‑ y el cuerpo de la Guardia Civil, encabezado por el entonces capitán Germán Sánchez Montoya, donde murieron dos guerrilleros, un Guardia Civil y hubo un detenido.

Al día siguiente los alrededores de la vivienda fueron acordonados por hileras de piedras para evitar que la gente se acercase demasiado, ya que había repartidas por el suelo granadas de mano y bombas caseras sin detonar. El por entonces Jefe de la Policía Municipal decidió recoger todo el arsenal encontrado en la vivienda y trasladarlo a un armario ubicado en el sótano del Ayuntamiento. Un arsenal compuesto por fusiles, pistolas, bombas de piña, granadas y bombas  caseras (realizadas a partir de una lata de hojalata de conserva de tomate rellenados de explosivo con un percutor que al presionarse estallaba).

Allí se encontró almacenado el arsenal hasta 1956, cuando se hizo efectivo el relevo de la Jefatura de Policía Local, dirigida a partir de aquel momento por José Candela, quien viendo el peligro que suponía mantener este polvorín dentro del edificio consistorial, consideró oportuno deshacerse inmediatamente de las armas o cambiarlas de ubicación.

José Mateo, que acababa de entrar en el cuerpo de la policía local, recomendó a su superior llamar al ejército para que se encargasen del recaudo de las armas de fuego y la desactivación de los explosivos, ya que él mismo durante la mili había realizado un curso de artificieros y creía que era la mejor opción para los explosivos.

Una recomendación que cayó en saco roto, cuando el jefe de Policía mandó cambiar de ubicación el arsenal, lo que ordenó a Evaristo, cabo de policía, y otro agente  raso, enterrar las bombas en uno de los desagües junto al Parque Urbano Martínez. Unos pozos que servían de conductor de aguas para evitar las inundaciones en aquella zona, por donde  hoy en día transitan vehículos desde La Vereda hasta la calle Socuéllamos, pasando por el Teatro Municipal, por aquel entonces consistente en un simple camino de tierra con hileras de árboles a los lados.

Bomba casera idéntica a la que explosionó en Tomelloso el 16 de junio de 1956

Tal fue el mal hacer de la Policía, que las bombas quedaron semidescubiertas y, por lo tanto, accediendo al desagüe, perfectamente visibles para cualquiera. De esta manera, aquella fatídica tarde a las 15:00 horas del 16 de junio de 1956 se dio el aviso a la Guardia Civil de la explosión de una bomba mientras un grupo de niños, al ver un bote de tomate extraño comenzaron a tirarle piedras y palos hasta que detonó, dejando a dos de los menores sin ojo y a otro de ellos manco.

En el seno de la Policía Local se ordenó silencio absoluto e incluso hubo amenazas acerca de las represalias que existirían si alguno de los agentes abría la boca. Enterado ya el Ayuntamiento del suceso, se decidió mantener en secreto por miedo a una venganza por parte de la población y a la posible pérdida de confianza de las autoridades municipales franquistas como salvaguardas del orden.

¿Cómo no ha salido la verdad a la luz después de tanto tiempo? Es una de las preguntas que muchos y muchas de los que estáis leyendo este artículo os haréis, sin embargo, también existen muchas respuestas para ello.

Amenazas de gente implicada que aún seguía con vida y no deseaba que se supiese la verdad, el daño que muchos de los agentes de policía veían como innecesario para las víctimas y sus familias después de tanto tiempo o simplemente no dar a conocer  una más de las tropelías y mala praxis de los cuerpos de seguridad durante el caos autoritario que ejercían  las jefaturas de policía y las instituciones durante la primera mitad del franquismo.

Pero cabe también destacar la valentía de José Mateo en la actualidad, que deseoso de dar a conocer la verdad a la sociedad tomellosera, después de tanto tiempo. “Se me rompía el alma cada vez que me paraba a hablar con uno de los chicos que había perdido un ojo y era incapaz de contarle la verdad de quien eran los responsables”, palabras de dolor que ha utilizado el antiguo policía local para comenzar a desgranar a PeriódicoCLM los entresijos de este terrible suceso.

Una verdad que, a sus noventa y dos años no deseaba llevarse a la tumba bajo ningún concepto y que poco le importa ya que su nombre y apellidos saliesen a la escena pública por la decisión tomada de contar la verdad.  Asegura que no espera que las víctimas y las familias perdonen lo ocurrido, pero sí ofrecer una explicación de que si las cosas se hubiesen hecho bien, esos explosivos nunca hubiesen estado al lado de un parque público y, hoy en día, tres personas hubiesen evitado unas secuelas que les dejaron marcados de por vida, además de señalar a los responsables y el silencio impuesto, bajo amenazas, que durante años se sometió a agentes y a algunos funcionarios municipales.

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