Sábado, 10 de Diciembre de 2016 Actualizado: 03:04 h.

El miedo a perder privilegios de Santiago Gerchunoff

Publicaba el diario ‘El Español’ la semana pasada una tribuna de Santiago Gerchunoff que proclamaba el miedo que tenía el autor a escribir sobre feminismo porque consideraba que podría recibir muchos ataques personales. Se entiende que su intención era criticar el movimiento feminista, porque si fuese a alabar sus virtudes poco miedo podría tener. Se puede comprobar que sus miedos eran mayoritariamente infundados. Seguramente su miedo tenga más que ver con la pérdida de privilegios de los que se sabe poseedor si las mujeres consiguen lo que llevan reivindicando desde hace muchísimo tiempo: igualdad de género.

Su argumentación principal en la tribuna era la siguiente: “El feminismo no permite el debate de ideas, amparándose en la condición de oprimidas de las mujeres para desechar toda opinión que pueda venir de un hombre”.

Pues bien, no puedo estar menos de acuerdo. Cualquiera que haya leído un poco sobre feminismo sabrá que siempre han existido distintas corrientes que han enfrentado formas de hacer, reivindicaciones, incluso conceptos dentro del feminismo. Sólo hay que leer un poco. Esos debates se siguen produciendo y se seguirán produciendo, con la premisa básica de que las mujeres están en una situación de inferioridad respecto al hombre. Da igual el contexto, da igual el nivel social, la mujer tiene menos derechos que el hombre, incluso cuando éste tiene muy pocos.

Tampoco es cierto que las mujeres no acepten las opiniones de los hombres en lo que a feminismo se refiere. De hecho, en algunos contextos, asociaciones de hombres hemos pedido que “no se nos escuche tanto” a la hora de hablar de feminismo, porque hemos sentido que se nos hacía más caso precisamente por ser hombres. Nada más lejos de nuestra intención.

El problema viene cuando un hombre que no hecho ninguna contribución al feminismo utiliza el altavoz del que dispone para criticar los posibles defectos del movimiento feminista sin reconocer sus aspectos positivos. Es decir, cuando desde una posición de privilegio critica a quienes son oprimidas. Se toma esta decisión ignorando además los motivos, los datos, y las experiencias de las mujeres que les hacen a ellas, y a cada vez más hombres, darse cuenta de la realidad en la que vivimos y luchar por cambiarla.

Resulta, sin embargo, que quienes critican al feminismo desde una posición de privilegio obvian estos hechos y no los toman realmente en cuenta para el debate, residiendo su poder de convicción en el hecho de que tienen un poder mayor. Por eso, no queda más remedio que señalar que los argumentos diciendo que las mujeres no sufren opresión, que su lucha no va en la buena dirección o que los métodos no son los apropiados, se realizan desde un pedestal. Hay que hacerlo para que todo el mundo sea consciente de que se está mirando la situación desde una perspectiva viciada.

El feminismo es una realidad compleja, al igual que la sociedad actual, y como tal merece la pena ser debatida, argumentada y contestada, por parte de cuantas más personas, mejor. Pero es necesario que ese debate sea honesto y para ello se debe hacer desde una posición de igualdad, aceptando los mismos términos del debate por todas las partes, y llegando al fondo de las cuestiones. Al señalar el privilegio de quien hace el argumento, se intenta igualar las condiciones con las que se accede al debate público.

Hay muy pocas personas (ninguna en mi entorno cercano) que hayan llegado al feminismo asumiendo acríticamente sus principios, sin evaluar las razones que les planteaban y valorando si las consideraban ciertas o no. Muy poca gente se suma a la causa feminista sin la honestidad intelectual necesaria para reflexionar y aceptar argumentos que no compartían pero que son mejores. La inmensa mayoría de las adhesiones son a través del debate, la reflexión y la crítica. No se llega a creer en el feminismo de golpe y se coincide plenamente desde el principio. Por eso, el debate respecto al feminismo es necesario, aunque es importante hacerlo con flexibilidad y escucha activa para reconocer los buenos argumentos de la otra parte.

Quiero invitar por tanto al autor a que debata con total libertad, que exprese sus mejores argumentos con respeto y con razones, y le responderemos con toda la fuerza de los nuestros, para contraponerlos y hacer más fuerte y más duradera la igualdad entre hombres y mujeres. Eso sí, probablemente le tocará cambiar muchas cosas de su vida cotidiana si verdaderamente afronta el debate con apertura de miras. Quizá eso también le dé un poco de miedo.

Pablo Martín Calvo es maestro y pedagogo