Lunes, 21 de Agosto de 2017 Actualizado: 19:44 h.

Elevar la calidad del debate público, una necesidad urgente

Cada vez hay una mayor cantidad de información “política” sobre las discrepancias y las coincidencias, los ataques y los desmentidos, los comunicados y las ruedas de prensa de las personas que lideran los distintos partidos políticos nacionales o en los territorios. No sé ustedes (bueno, en realidad me hago una idea), pero yo me estoy aburriendo ya, y eso que a mí me gusta la política. El nivel de detalle que hemos alcanzado en la información política es exagerado. Es tan alto, que seguro que provoca que la gente se desilusione, se canse y se desmovilice (no me gustaría pensar que se esté haciendo intencionadamente). Hay un motivo muy sencillo para que me canse de escuchar programas o leer noticias sobre política: el poco nivel general que se puede leer y escuchar en la argumentación.

Cuando unas nuevas elecciones son inevitables, creo que es necesario que nos demos cuenta de que es necesario elevar el nivel del debate público si queremos que se nos trate con honestidad.

Por ejemplo, no debemos aceptar que se defienda sin matices una idea cuando la persona sabe las carencias de esa idea. Como tampoco podemos perdonar que se rechace de plano una propuesta que tiene aspectos positivos pero cuyo único defecto es haber sido propuesta por alguien que está enfrente.

Quizá sería recomendable evitar las generalizaciones, que casi siempre son erróneas. Achacar errores de todo un partido a personas individuales, o sugerir que el fallo de una única persona es culpa de sus compañeros y compañeras de militancia. Del mismo modo, no tiene sentido sugerir que quien tiene una ideología política comparta al 100% las opiniones de quien pueda tener los mismos postulados generales. Los matices existen y es bueno apreciarlos. La verdad es que no me extraña la defensa en bloque de la postura oficial: si alguien dice algo diferente se verá rápidamente utilizado por propios y ajenos como arma arrojadiza contra su partido o contra otros, y en el peor de los casos sus palabras pasarán desapercibidas y no habrán conseguido el objetivo que perseguían. Es una pena porque la discrepancia entre las personas debe ser natural, y es del diálogo y el debate de donde salen posturas y razones mejores y más elaboradas.

Deberíamos enfadarnos cada vez que alguien utilice un doble rasero para medir las cosas en función de la afinidad que tenga con la persona implicada, aunque tampoco podemos estar permanentemente sacando a relucir las posturas pasadas para utilizarlas como arma arrojadiza. Sin que sea demasiado estridente, el cambio de opinión debe estar permitido y premiado, no penalizado. Si no, estaremos transmitiendo el mensaje de que pensar por uno mismo no es bueno. Sin cambios de opinión no hay progreso. El cambio es necesario para la evolución de la sociedad.

Me parece de mal gusto cuando alguien da por hecho que quien no está a su lado se equivoca en todo y que quien le sigue siempre da en el clavo. La mayoría de las veces es mentira. Todo el mundo tiene algo positivo que aporta, solo hay que escuchar. Por este motivo no se puede vetar a una persona por ser quien es, sino que primero hay que evaluar sus ideas y sus propuestas por la fuerza del mejor argumento antes de rechazarlas o mejorarlas. A veces no hay que tener prisa por soltar el propio discurso, no hay que enfadarse por escuchar algo distinto a lo que se quiere oír, y ver esa actitud por parte de quienes nos representan públicamente no es aceptable.

Deberíamos indignarnos cada vez que alguien dejase una pregunta sin responder. E indignarnos doblemente si dicen que ya han respondido a sabiendas de que no lo han hecho. Es común que personas con altos cargos desvíen el tema que se está tratando porque no les conviene hablarlo en ese momento. Tendríamos que ser capaces de exigir que no se nos toree ni se nos manipule.

No nos merecemos que para convencernos de algo se apele a sentimientos como la seguridad, la esperanza, el odio o el miedo; en lugar de utilizar la razón como conductor de nuestro argumento. Los sentimientos son vividos, absolutos para cada persona en cada situación. Las opiniones se perfeccionan y son modulables. La política debe trabajar con el matiz, la discusión y el debate, y con las emociones es muy complicado discutir.

Por último, hemos de exigir que las opiniones estén respaldadas por el conocimiento, ya sea por lo que se ha estudiado o por lo que se ha vivido. Que se empiece a reconocer más que no se sabe de todo, porque nadie puede saber de todo, y en un momento determinado callar es mejor que hablar sin saber.

Quizá estoy pidiendo demasiado. Reconocer los errores propios no es algo habitual, como si la perfección fuese algo inherente a quien se dedica a la política. Como si no pudiesen perder una discusión, aunque para ello tengan que utilizar estratagemas ilícitas, o gritar más, o cortar al interlocutor. Cuanto más alto es el volumen, más baja es la calidad del discurso. Y es de la calidad del discurso de lo que depende la vida de la ciudadanía.