Lunes, 21 de Agosto de 2017 Actualizado: 19:31 h.

Las castellano‑manchegas son feministas (y no lo saben)

Que la palabra “feminismo” causa un enorme rechazo en parte de las mujeres no es ninguna novedad. Cabría preguntarse por qué el término que defiende la igualdad de mujeres con respecto a hombres tiene un significado tan desvirtuado en el imaginario de muchas. Una de las razones puede que sea, con mucha probabilidad, las connotaciones asociadas a esa palabra por parte de los hombres principalmente. Cuando me refiero a hombres, no señalo a ninguno en concreto; me refiero, de manera generalizada, a todos aquellos que niegan la desigualdad o, lo que es peor, saben que existe pero no soportarían una igualdad real entre nosotras y ellos.

Está claro que no hay nada mejor que ridiculizar un movimiento para deslegitimarlo, para quitarle peso y fuerza y para arrinconarlo, y eso es lo que han hecho con los términos “feminista”, “feminismo”, “feminizar”, etc. Si un movimiento no sólo tiene que luchar por lo que defiende, sino que además por lo que dicen que es y en realidad no es, su tarea se duplica y su esencia se enturbia.

Sin embargo, yo, como tantas muchas otras castellano-manchegas que nos hemos criado en el entorno rural de La Mancha más profunda, analizando nuestra realidad me he dado cuenta de que siempre he estado rodeada de feminismo y no siempre lo he sabido.

Castilla-La Mancha cuenta con unos seis o siete municipios de dimensiones grandes si los comparamos con grandes ciudades, pero la mayor parte es zona rural. He crecido feliz en este entorno de pueblos, donde hay una serie de ventajas que en la ciudad no se tienen, como la cercanía con la familia de manera continua e intensiva en diferentes espacios y el contacto directo con la tierra. Ciudad y mundo rural hacen un binomio perfecto, y las mujeres de un lugar y otro deben convertirse en las ramas del mismo árbol, independientes unas de otras pero todas necesarias y conectadas.

Os voy a pedir, lectoras y lectores, que hagáis memoria de vuestras abuelas, de vuestras madres, de vuestras tías, todas ellas rurales. Todas y todos hemos visto escenas como mujeres vendimiando, labrando, con más de 60 años, o con menos, demostrando que la única barrera que decían que existía entre unas y otros era invisible a nuestros ojos y nuestros cuerpos.

Todas y todos hemos visto a una mujer por la carretera conducir un tractor, sin tener un accidente, con firmeza y seguridad rompiendo estereotipos, roles y clichés. Todas y todos hemos visto el apoyo a la vecina, a la “parienta”, a la prima; el cariño en los momentos difíciles y las gracias cuando el apoyo ha sido recibido.

También recordamos esas tardes, noches, esos ratos de hablar, esas largas tardes al calor del brasero, viendo películas, series o programas sobre cualquier tema, haciendo y tejiendo relaciones de profundo respeto con el paso de los años. Todas y todos recordamos su ocio: esas partidas de cartas, esas risas con el parchís. Todas y todos recordamos cómo valoran a aquellas que les tendieron la mano, hasta tal punto de querer invitarlas a la boda de sus hijas e hijos sin, ni tan siquiera, ser familia. Todas y todos recordamos cómo las mujeres en nuestra tierra se han buscado siempre para apoyarse, para darse calor, para sentir que se tenían, para llorar los disgustos y reír con las alegrías.

Si reconocéis todos estos momentos en cualquier punto de vuestra vida, el feminismo no hace más que incentivarlo, darle importancia y ponerlo de relevancia, a la vez que lima las desigualdades sociales. ¿Creéis esto peligroso? Pensad, tan solo durante 30 segundos, la respuesta. Parece imposible que algo así represente peligro o una idea de antisistemas radicales.

La sororidad y el feminismo siempre han estado presentes en las vidas de la mujer rural con más motivo si cabe que en la ciudad, porque después del pueblo lo que se encontraba era la nada. He de dar la enhorabuena a todas esas mujeres rurales: la sororidad y el feminismo siempre han estado ahí, pero no lo hemos sabido.

Todo esto no quiere decir que el machismo no exista en nuestra región; existe, lo sentimos cada día en muchos momentos, pero tenemos nuestras armas para contrarrestarla. Lo más difícil ya lo tenemos y lo hemos construido. Hay una base de relaciones de sororidad sobre la que se puede construir y trabajar. Ahora queda un no menos tedioso ejercicio, pero a priori no tan complejo: ser conscientes de que todo eso es feminismo; ser conscientes de que nos necesitamos y nos apoyamos porque hemos sido apartadas y escondidas.

Una vez interiorizado y asumido esto, reconocer que somos feministas no nos costará nada. Hagamos ese esfuerzo hacia las que desconocen qué es lo que perseguimos, qué es por lo que luchamos, qué nos mueve. Sumemos a los hombres a nuestra lucha, porque el otro 50% de la población no puede ser nuestro enemigo, debe ser nuestro compañero en la lucha. Logremos que esas redes que siempre se han tejido se consoliden y crezcan; impulsemos la creación de asociaciones, plataformas y colectivos de autoayuda y de espacios comunes a nivel local donde todo el mundo tenga cabida y desde donde se explique qué somos. Nuestra región, nuestras mujeres lo necesitan. Sólo con las que faltan por denominarse feministas de nuestra parte conseguiremos que en nuestra tierra se luche por la igualdad más radicalmente real: el feminismo.