Martes, 24 de Octubre de 2017 Actualizado: 11:34 h.

Primeras pistas para una participación transformadora

Sin duda uno de los problemas o desafíos más decisivos en cualquier organización que pretenda impulsar procesos participativos para la transformación social, es tomar conciencia de que la retórica participativa y los modos clásicos de implementar tales procesos, con frecuencia han servido más para reforzar los sistemas de dominación que para empoderar a las personas.

Hay quienes, sin duda, emplean el discurso participativo de forma malintencionada, vaciándolo de contenido “a propósito” con el objetivo claro de mantener “las cosas como están”. Sin embargo, lo preocupante es cuando se reproducen viejas lógicas de dominación, pero sin esa intención expresa. Es decir, cuando se quieren impulsar procesos participativos, pero nuestros hábitos, rutinas organizativas y formas en que hemos sido socializados, no solo nos impiden lograrlo sino que refuerzan la asimetría de poder y las desigualdades, incapacitándonos para avanzar en el sentido de cambio social deseado.

La experiencia de los últimos años nos enseña que los procesos participativos en los que no se transforman las relaciones devienen en procesos de legitimación de la dinámica tradicional de dominación. La intervención comunitaria y el desarrollo participativo pueden reproducir dinámicas asimétricas de poder cuando la creación de nuevos espacios participativos no está acompañada de una transformación de la lógica de las relaciones. No es suficiente reunir a las personas y comprometerlas en un proceso participativo, no es suficiente ni siquiera trabajar desde la base y partir de los movimientos sociales, es necesario repensar las formas tradicionales de participación para no continuar descuidando las relaciones.

La experiencia social acumulada en diversos contextos y la investigación científica orientada a la transformación social, nos ofrecen herramientas muy valiosas y eficaces para evitar muchos de los males que aquejan en este ámbito a no pocas organizaciones de nuestro entorno (ya sean nuevos partidos políticos, asociaciones, ONG, sindicatos, plataformas cívicas, etc.). 

En primer lugar tenemos que partir de un hecho: la existencia de fuertes asimetrías de poder y desigualdad en el seno mismo de las organizaciones sociales, que hacen que las personas no estén empoderadas del mismo modo. De hecho, dentro de una misma organización puede haber personas con mucho poder y otras con prácticamente ninguno. Conviene pues, abandonar la ilusión de que compartir un mismo discurso y una misma organización nos coloca a todos en igualdad de condiciones para poder participar y crear algo desde la inteligencia colectiva.

La mayor parte de la experiencia comunitaria se continúa desarrollando sobre la base de un paradigma participativo anticuado, un enfoque que pone en el centro el debate como principal estrategia comunicativa. El debate viene acríticamente aceptado como columna vertebral de los procesos de decisión (derecho de palabra y réplica, voto de la mayoría, etc.) sin ser conscientes de las implicaciones que tiene en el proceso y en las relaciones.

En un debate la persona participa pensando que se trata de un juego de suma cero: si uno vence el otro pierde y viceversa. Cada cual se repliega sobre su propia posición, la defiende y difícilmente está dispuesto a abrirse y explorar nuevos puntos de vista; en realidad no es una comunicación auténtica, sino un monólogo paralelo. Los debates en los procesos participativos se transforman en experiencias frustrantes. Las personas que tienen menos poder son silenciadas, marginadas por las personas “expertas”, o por las personas con mayor estatus que monopolizan la palabra. La frustración de quien siente que no tiene voz se traduce en el abandono del proceso y esto conlleva una lenta e inexorable deslegitimación del mismo. Además, el voto según el criterio de la mayoría, genera una minoría insatisfecha que se siente excluida, marginada. El debate se centra en las posiciones de cada participante o grupo de participantes haciendo que las personas se identifiquen con sus posiciones. De este modo una crítica a sus posiciones se transforma fácilmente en un ataque personal.

En el debate, además de no considerar la importancia del cuidado de las relaciones personales, se da por descontado que las personas comparten a priori los mismos marcos de referencia y que, a priori, existe igualdad entre los participantes. En realidad, los procesos participativos a menudo implican a personas con horizontes de referencia diferentes y se desarrollan en espacios caracterizados por una fuerte asimetría de poder en los que se entrecruzan diferentes líneas de dominación y desigualdad: género, clase, raza, capacidad, etc.

Frente al objetivo del debate que es convencer y llegar a conclusiones que confirmen nuestras posiciones, el objetivo del diálogo es multiplicar las posibilidades sin tener prisa por llegar a las conclusiones. El objetivo del diálogo no es defender un argumento, sino indagar y explorar.

El punto de partida del debate son las posiciones y, además, atacar las posiciones significa atacar a las personas. El diálogo separa a las personas de los problemas y se centra en los intereses y en las necesidades que están en la base de los posicionamientos. El estilo del debate es combativo y argumentativo, se persigue ganar el debate, se escucha para identificar la debilidad del argumento del interlocutor. En un diálogo, por el contrario, no se puede vencer porque es cooperativo. En el debate se da por descontado un marco de referencia, mientras en el diálogo se hacen explícitos los valores latentes de nuestro marco de referencia y se construye un sentido común compartido.

El diálogo es un proceso de interacción genuina en el cual las personas se escuchan y se reconocen recíprocamente. El compromiso de reciprocidad encarna el espíritu radical del diálogo: el ofrecimiento mutuo a la palabra, a la escucha atenta de la otra persona, es aquello que hace posible una transformación basada en el reconocimiento.

Esta apertura auténtica al otro comporta una triple transformación: una transformación personal, una transformación relacional y una transformación social. Esta transformación es posible gracias a un doble proceso de empoderamiento y de reconocimiento de las otras personas.

La transformación de los conflictos y el cuidado de las relaciones, a través de este doble proceso, conduce a la recuperación de la percepción de la propia competencia, reconstruye la conexión con los otros y restablece una interacción positiva. Si no se cuidan las relaciones, los conflictos que se generan en los procesos participativos, lejos de propiciar una gestión creativa de los mismos activan una espiral de desempoderamiento de la capacidad propia y de demonización de las otras personas.

Cuando se toma conciencia de los límites del debate, se invoca a menudo el diálogo como solución, pero no como estrategia o como enfoque práctico, sistemático y coherente, sino simplemente como un principio abstracto o como una actitud. Se cae a menudo en el error de considerar el diálogo como una conversación gentil, educada y tolerante que evita el conflicto. Se cree que para dialogar no son necesarias competencias específicas, sino solo la intención y la voluntad de dialogar y cierto conocimiento del tema de conversación. La experiencia nos enseña que, al contrario, si bien el diálogo responde a las necesidades humanas más esenciales (y es también por esto por lo que es eficaz), no es un estilo comunicativo que usamos espontáneamente. Hemos sido educados y socializados en ambientes antidialógicos, estamos constantemente inmersos en situaciones que alimentan la competición, la actitud acrítica, el repliegue narcisista y tenemos la necesidad de redescubrir y reaprender el diálogo. Dialogar no es fácil, no nos resulta espontáneo e implica un esfuerzo constante, el desarrollo de nuevas competencias, el descubrimiento y revalorización de prácticas y experiencias; pero cuando se arriesga realmente ser fiel al diálogo, los resultados son extraordinarios, porque el diálogo es esencialmente un proceso de construcción y transformación de las relaciones.

El Enfoque Dialógico Transformativo (EDT) es un conjunto de principios e instrumentos metodológicos que da un sostén y una estructura a la capacidad y a la potencialidad humana de transformación a través del diálogo. Resumiendo, podemos decir que el EDT se preocupa de crear estructuras y desarrollar competencias que facilitan el diálogo, la creatividad y la inteligencia colectiva.

En los últimos años, a través de una intensa labor de investigación-acción participativa en el GIEMIC (UCLM) y la Asociación Mosaico Canarias, hemos identificado cinco elementos que estructuran este espacio dialógico: la confianza, la igualdad, la diversidad, el interés común y la corresponsabilidad. Estos cinco elementos son indispensables para el desarrollo de un diálogo auténtico, y pueden concretarse en diferentes formas y en diferentes momentos del proceso: cuidando la logística de una actividad comunitaria, promoviendo la comunicación no violenta, a través de dinámicas participativas o mediante la configuración del espacio de una reunión.

Si te interesa conocer algo más sobre este enfoque y modo de trabajar la comunicación y las relaciones en el seno de las organizaciones, para impulsar verdaderamente la participación de todas las personas, te invitamos a ver este breve vídeo.