Lunes, 11 de Diciembre de 2017 Actualizado: 23:30 h.

Cuando en plena extinción de la era Gutenberg, en estos tiempos en los que la posmodernidad de la verdad parece quedar alejada de la lectura -algo que se empieza a antojar como obsoletamente innecesario-, se me propuso escribir una columna de opinión en diferentes medios digitales, me hizo mucha ilusión ponerme la meta de, con mis dedos desgarbados, escribir algo que con sentido de la ética más que de la estética, se publicara con cierta periodicidad.

Seguramente fuera esa parte narcisista que construye la vanidad de los vanidosos, la que me hizo pensar que alguien además de mi leería estas líneas. Humillando en principio, la cerviz de las estadísticas que se reflejan en la página de cada columna, me encontré frente al grato placer de equivocarme. Muy al contrario de lo que yo pudiera pensar, sí hay quien lee estas columnas; porque me las critican o me las ensalzan según conviene.

Suele coincidir que tales críticas o ensalzamientos, vienen marcados por la controversia generada por los temas tratados en cada una de ellas. Por eso mucho me temo, que esta columna que ahora mismo tiene ante sus ojos, poca gente la leerá; porque nula es su intención de contribuir a polémicas de rara índole.

Y es que, aunque no lo parezca, escribir es una tarea ardua, no siempre gratificante. En cada escrito, hay algo personal que te  define y te etiqueta  igual que lo hace tu perfil de Facebook con cada cosa que pones, con la salida de tus propios pensamientos quedas retratado, de la misma manera que las páginas de autoayuda que, de forma catódica y repetitiva, aparecen publicadas en los muros de no pocos desesperados.

En este sentido, aunque no de la misma manera, a lo largo de muchas columnas he dejado a entrever mucho  de definición personal al trasluz de mis diatribas y soflamas políticas, intelectuales o filosóficas. Y eso que me resulta harto complicado dejar retazos de mis sentimientos ni siquiera, cuando éstos se suscitan en vivo y en directo. Dicen que para eso o quizás por eso, se inventó la poesía; ese género literario denostado a veces por hablar más de uno mismo que de todo lo demás.

Como buen admirador de los poetas, asumo me gustaría ser uno de ellos, no sólo por competir con esmerados versos por el amor de una dama, emulando al cartero de Neruda, sino para ser capaz de articular críticas antisistémicas de forma más versada y elegante. Pero no valgo para eso; jamás podré competir en esas lides con el peor de los poetas aunque, en demasiadas ocasiones, pergeñen ripios absurdamente inimaginables.

Tampoco convenceré a nadie con asertividad de la bondad de mis planteamientos ideológicos, porque en la vorágine sin freno en la que nos hemos metido y con las circunstancias que nos rodean, me he colocado en la  izquierda de la izquierda.  Una posición incómoda que da lugar a una dialéctica quijotesca de lucha contra odres de vino, que sólo yo puedo atisbar. Y todo ello, por buscar unas soluciones que, en las finas aristas de la izquierda de la izquierda, sólo con ingenuidad marxista, se terminan por ver.

Para esto, quizás la mejor opción fuera dejar de hablar de política; ya lo he intentado, pero necesitaría cinta americana en la boca para poder mantenerme callado, aunque en boca cerrada no entren moscas.

En resumen, nadie leerá pues en un futuro, igual que nadie escucha en el presente las tonterías de un tipo próximo a la cuarentena que, quizás en pocos decenios, con un poco de suerte y siempre que la tortilla se vuelva, pasará el tiempo entre libros, resignado a que alguien lo visite en la “Residencia Bolivariana Juan Carlos Monedero”.

Aunque tal vez todo lo escrito hasta este punto no sea más que una mera interpretación freudiana de esos versos perfectos que jamás escribiré.

Por tanto, hasta que llegue el soñado momento que me encubre al delirio poético o me lleve directamente al manicomio de Ciempozuelos, como me siguen sin gustar el fútbol, los cotilleos, los programas del corazón o las misas televisadas de los domingos, me seguiré metiendo en los mismos fregados políticos, académicos e intelectuales de siempre, con el riesgo consabido de que tal vez, más pronto que tarde, nadie me lea.