Sábado, 21 de Octubre de 2017 Actualizado: 01:31 h.

De la religión a otras supercherías

Hoy se cumplen 191 años de la última tropelía de la Inquisición. Este mismo día, en 1826, Cayetano Antonio Ripoll tendría el dudoso honor de convertirse en el último condenado a morir como hereje en el execrable Tribunal de la Santa Inquisición. Era maestro de escuela y, según la Junta de Fe de la Diócesis de Valencia, cometía un delito a todas luces imperdonable: “No creía en Jesucristo, en el misterio de la Trinidad, en el de la Encarnación del Hijo de Dios, en el de la Sagrada Eucaristía, ni en la Virginidad de María Santísima (preñada por una paloma, dicho sea de paso), ni en los Santos Evangelios ni en la infalibilidad de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana; no cumplía el precepto pascual, impedía a los niños dijesen ‘Ave María Purísima’ y que hiciesen la señal de la cruz, que no era necesario oír misa para salvarse y retraía a los mismos a dar la debida adoración al Señor Sacramentado, cuando era llevado para administrar el viático a los enfermos”.

La verdad es que ante tal cantidad de despropósitos no me extraña que lo condenaran a morir quemado entre terribles sufrimientos como a otros muchos herejes de la época. Aunque, según las crónicas de aquel tiempo,  en realidad murió en la horca y debajo de él colocaron un tonel de llamas pintadas simulando el fuego, primero terrenal y luego eterno, que se reserva a los impíos. Estuvo a punto de librarse de morir porque no se encontraba la partida de nacimiento y, por tanto, no podía ser condenado a herejía quien no había recibido el sacramento del bautismo. Su suerte se quebró cuando apareció la partida de nacimiento que demostró su condición de cristiano, y eso mismo lo llevó  directamente a la muerte.

A nadie extrañará a estas alturas que confiese mi ateísmo y absoluta falta de creencias; algo que demuestra en palabras de Machado, que aún estoy “en esa segunda inocencia que da lo de no creer en nada”.

Afortunadamente para mí, en este patético país en el que la inteligencia está en franca decadencia, ya no se manda a la horca o a la hoguera a quien no cree en Dios. Y tan permisivos nos hemos vuelto con tal extremo, que nos hemos concedido la licencia de creer en cualquier superchería igualmente gazmoñera. En palabras de Chesterton, “cuando no creemos en Dios, creemos en cualquier cosa” y a eso me refiero a la creencia en absurdas supercherías más propias del medioevo.

Pero al hilo de la argumentación relativa a mi escepticismo de segunda inocencia, me resulta incomprensible que la gente esté dispuesta a creer en cualquier tontería que, al margen de los cánones establecidos por los fenómenos religiosos se revelan igualmente sediciosos. En este sentido, resuelvo curioso observar cómo miles de personas acuden con sus familiares y amigos para librarlos de las malévolas consecuencias de un maldito mal de ojo, para el que, ni la ciencia ni la medicina tradicional han encontrado sanación posible.Todo por la módica voluntad de 30 euros.

Pero lo que más esperpento causa para el común de los mortales a estas alturas de siglo es que el Gobierno de España, ése que quita las medicinas gratuitas para pensionistas y para quienes ingresan en los hospitales del Sistema Nacional de Salud, considere que se puede sufragar la homeopatía con cargo a las arcas del Estado.

La idea de la homeopatía es la siguiente: sabemos que la ortiga es capaz de causar dolor y crear ampollas en su contacto con la piel. Igualmente lo mismo que te mata, te cura si se diluye hasta el infinito, porque se conserva “el espíritu de la sustancia” en la dilución y eso te cura las picaduras y mordeduras y toda suerte de patologías  Es decir, que unas cuantas pastillas compuestas casi al 100% por azúcar común, servirán como remedio homeopático para la sanación de todas las enfermedades habidas y por haber.

En definitiva, y si es el secreto radica en la dilución, cuanto más se diluye el remedio deviene en implementar su  efectividad; de tal suerte que, si se toma un litro de lejía en nuestra Galaxia, se mezcla, se agita y se extrae su esencia aunque sea en otro lugar del Universo, nos acercaremos al poder curativo de Dios.  

¡¡Uff!! Me arrepiento de haber desmontado otra verdad rebelada, no vaya a ser que me condenen por hereje en un tonel con llamas pintadas de fuegos fatuos. No obstante, y parafraseando un chiste de rancio abolengo, si no creo en la Religión Católica que es la “verdadera”, estoy yo  como para creer en las que devienen en falsos mitos de brujerías y supercherías varias.