Sábado, 21 de Octubre de 2017 Actualizado: 01:30 h.

“Lo quise tanto que lo odiaba a veces
porque era tan mejor que me borraba,
multiplicó mis panes y mis peces
y temprano acabó lo que se daba”.

(Joaquín Sabina)

Recluido por la canícula estival, me pongo frente al ordenador para mirar los vídeos con los que, desde el pasado mes de noviembre y bajo el epígrafe “La sonrisa de Krahe”, los músicos que lo acompañaron durante su carrera, le vienen rindiendo homenaje con una suerte de recitales que, en poco o en nada se parecen a los ofrecidos en su día por el malogrado y cumplido cantautor. Así que harto de tanta mediocridad y con cierta dosis de nostálgico recuerdo, decido volver a poner uno de sus discos, para  hacer sonar con él ese hálito de placer que me reconforta mientras escribo estas líneas.

Fuí fan fervoroso de Sabina, y probablemente como todos los de mi generación, descubrí a Krahe a través de La Mandrágora; aquel disco emblemático con olor a whisky, aroma de tabaco y vasos rotos que, con dudosa calidad,  Fernando García Tola les hizo grabar junto a Alberto Pérez en un garito del mismo nombre, cuando todavía cada uno conservaba esencias de compromiso por la música de autor.

Poco más supe de Javier –con la contada excepción de Cuervo Ingenuo, en  Sabina y Viceversa- hasta mi desembarco en la Escuela de Magisterio en el año 2002. Allí, de la mano de otro  joven y cumplido cantautor, Paco Barco, me afané definitivamente en desbrozar los entresijos rítmicos y literarios de un tipo  que, con voz poco dotada para florituras musicales, se empeñaba en emular a Brassens con el encomiable rigor para proyectar el sarcasmo, la ironía y el humor con el que subyugar al más pintado.

Y así, cual Quijote embebido en libros de caballerías, me fui acercando y sucumbiendo a la autenticidad, la frivolidad, la mordacidad, la ironía, el sarcasmo  y el buen hacer de Javier Krahe.

Muchas fueron las necrológicas, obituarios y homenajes que se han escrito y organizado  desde  que aquel funesto 12 de julio de 2015, los restos del Triguito (su casa en Zahara de los Atunes), fueron testigo mudo de su silenciosa despedida. Y en todos ellos, un común denominador: la ternura. Una cualidad con la que tuvo la gentileza de obsequiarme, mientras departíamos amigablemente entre risas y copas pagadas por López de Guereña, después de un espléndido recital en la Tetería Pachamama de Ciudad Real en una negra noche de noviembre de 2011 en la que, con encendidos nubarrones de tormenta,  se presagiaba  la debacle electoral de Rubalcaba al día siguiente.

Pero mucho me temo que, poco importa eso, en un mundo de horteras y cursis desarrapados para los que esa cualidad, la ternura, pasa convenientemente desapercibida. Porque, aunque Krahe gastaba ciertas dosis de Diógenes moderno, su ironía estaba siempre atravesada por una ternura emancipadora que nos hacía más libres, más humanos e infinitamente más inteligentes.  Y es que, escuchando cualquiera de sus canciones o de las  introducciones inenarrables que las precedían, uno sentía la necesidad de reírse sin complejos de  sí mismo y de la idiotez colectiva que nos rodea,  sin que eso pudiera convertirse en algo traumático o humillante. Se trataba más bien de generar una simbiosis de música, inteligencia y corazón que nos vacunó durante décadas contra la estupidez de lo superfluo, para colocarnos en el camino irremisible de la sabiduría.

Porque hablar de Krahe y de sus canciones era (y es) hablar de amor, de sexo, de sentimientos… Nadie como él supo interpretar mejor el cambio de roles que supuso la liberación de la mujer. Su lucha incansable contra el tópico de género, lo hicieron ser el antídoto perfecto contra la educación sentimental del pensamiento único; lo suyo fue siempre recrear historias que devinieron en ser reveladoras de las más íntimas contradicciones humanas. Y si bien, su compromiso político no estuvo directamente reflejado en casi ninguna de sus canciones, desde que aquel Cuervo Ingenuo cribado por el PSOE y la censura felipista de los años 80, lo dilapidaran al ostracismo de La Hoguera por los siglos de los siglos, nadie mejor que él supo enfrentar la mentira, la hipocresía y la catetez política de este país en los últimos decenios. La OTAN, la crisis o la cultura del pelotazo de los años noventa, fueron siempre objeto de crítica lacerante en las entrevistas del que ha sido, en mi opinión, el último gran trovador de la música y el pensamiento contemporáneo.

Pero aún cuando a Felipe González se le cayó la máscara de Isidoro  por la cubierta del yate de Carlos Slim, y el mito de la nueva España se empezó a hacer añicos, Krahe siguió cantando con la misma irredenta decencia de siempre, como el más pertinaz de una moribunda generación de cantautores momificados que sufren “Pastoras Soler” al subirse a un escenario.

Y es que pese al paso del tiempo y a una compilada y extensa discografía, Krahe, a pesar de su muerte, todavía tenía muchas cosas que decir y que cantar.

Incluso en estos tiempos en los que  todas las estatuas parecen haberse caído de su pedestal, la figura de Krahe emerge, dos años después de su desaparición, como un ejemplo de libertad, de independencia y me atrevería a decir, que como lo mejor de una España que aún está por construir pero que a ratos, permanece atrancada en el lodazal de lo casposo.

En definitiva, Krahe se fue consciente de que el tiempo y los espejos habían terminado claudicando ante su razón política. Y aunque bastante desapegado de los procedimientos electorales burgueses, desde que el PSOE lo mutilase de por vida por sus críticas lacerantes a las sucias imposturas de Felipe González y sus adláteres, la brillantez intelectual y humana que rezuman sus canciones, siempre nos hará, al margen de la mediocridad de los recientes recitales in memoriam, poder disfrutar de su legado con la cómplice, socarrona y enigmática “Sonrisa de Krahe”.