Sábado, 10 de Diciembre de 2016 Actualizado: 03:05 h.

De las cenizas de Suresnes a la demolición de Ferraz

Hace justamente dos años, cuando se me daba por primera vez la oportunidad de escribir en un medio de comunicación digital, y cuando los desafíos independentistas empezaban a tomar cuerpo en forma de consultas soberanistas, alertaba de que, con la irrupción de Podemos y la voladura controlada del régimen del 78, la conmemoración de los 40 años del Congreso de Suresnes cambiaría radicalmente la trayectoria de un PSOE relegado a un segundo plano durante los años más negros de la dictadura, aunque situado años después en el epicentro hegemónico de la izquierda española, pero al que, en las coordenadas temporales y sociopolíticas de 2014, tenía  ya poco sentido rendirle honores. Y por lo visto, el tiempo me dio la razón.

Si es cierto que, aquel Congreso de octubre de 1974 alcanzó la meta de arrasar con la vieja cúpula de dirección de un partido impregnado del inmovilismo, la masonería, el anticomunismo y la mesa camilla de Rodolfo Llopis,  no lo es menos que  los rutilantes socialistas del interior, los que se hicieron con el club de la tortilla aferrados a las uñas de un felino con más tintes de Gárgamel que de Isidoro, estuvieron dispuestos a asaltar el Jean Vilar con el objetivo de asestar el  golpe definitivo a una vieja guardia perdida durante demasiados años en el túnel político del olvido.

Consumado el objetivo por arrolladora mayoría, aquella delegación  supuestamente renovadora, ungida con el apoyo  de los magnates de la socialdemocracia internacional, no dudó en adoptar un discurso de radicalidad, ruptura  y obsolescencia programada para acabar con los modelos orgánicos y políticos del momento.

De este modo, escenificada esa impostada línea de ruptura, el postulante a la Secretaría General, un joven abogado sevillano protegido por las élites políticas y financieras del franquismo; un tipo feo, de labios gruesos, retórica seductora y chaqueta de pana, miembro en su momento de la Juventud Obrera Cristiana, no dudaría en rescatar el marxismo del baúl de los recuerdos para situarlo como inexcusable referencia ideológica del partido; algo que colocaría al PSOE, no sólo a la vanguardia del socialismo democrático mundial sino también muy por encima de las expectativas identitarias del Partido Comunista de España, una formación que, tras ser mediatizada por la prepotencia sectaria de su líder, Santiago Carrillo, se había instalado con el devenir del tiempo en un eurocomunismo facilón que lo conduciría inevitablemente al abismo político de la extinción parlamentaria pocos años después de su legalización.

Así, embebido de marxismo, con aire de renovación generacional y con el grito de “¡AUTODETERMINACIÓN PARA LOS PUEBLOS DE ESPAÑA!” por delante, aparecería en la escena política un PSOE sobre el que cuatro décadas más tarde vuelven a pesar sombras de marginación y ostracismo. Y es que hoy, transcurridos 42 años de aquella celebrada eclosión que culminaría en la victoria electoral del 82 (con pérdida de esencias y principios incluidos); tras dos intensos periodos de gobierno a sus espaldas, con multitud de aciertos y desaciertos en su haber, y lejos de que el tiempo  le haya dado la razón, el PSOE, transmutado en acomodaticio elemento de la arquitectura decadente del 78 e inmerso en luchas intestinas que acaban con la purga esperpéntica de un secretario general elegido y respaldado por el voto directo de la militancia, corre otra vez  el riesgo cierto de perderse en la oscura noche de los tiempos.

En estas condiciones, despojado ideológicamente del marxismo desde 1979 y sometido a los dictados de la economía capitalista desde la larga etapa de endiosamiento felipista; esquilmado  por más de un caso de corrupción en tiempos más cercanos que lejanos e incapaz de deshacerse de una endogamia dirigente empeñada en dinamitar esencias y regalar gobiernos a la derecha, a fuer de no perder privilegios, el que fuera referente de la izquierda española en las dos últimas décadas del siglo XX, es decir, la marca del Bienestar Social, la Educación y la Sanidad Públicas; la de la ampliación de Derechos Civiles y del Sistema Nacional de Dependencia puede verse abocado, si no recupera con celeridad las esencias  y las ganas de volver a conectar con una militancia disconforme, inerme, sin voz y  ávida por reencontrarse con un proyecto sólido en el que, alejado de tentaciones conservadoras e influencias mediáticas y financieras  pueda sentirse representada,  corre el riesgo de retroceder a lo neblinoso del inmovilismo, la masonería, el anticomunismo y las mesas camillas como viejas rémoras de un pasado remoto que, con más o menos insistencia y con máxima autoridad o sin ella, llama nuevamente a las puertas de Ferraz con orden inmediata de desalojo  por demolición ideológica. Avisados quedamos.