Sábado, 10 de Diciembre de 2016 Actualizado: 03:06 h.

¿Pero qué cuenta este hombre? ¿Quién es? ¿Qué dice? Estas podrían ser las preguntas que se hiciera un lector de teatro que se acercara a un texto de Francisco Morales Nieva. ¿Es esto Valle-Inclan, o una versión barroca del teatro absurdo de Ionesco a camino entre Arniches y Artaud? Pues no, señor, nada de eso; esto es Paco Nieva. Ni más ni menos. Es como escuchar una seguidilla manchega al piano bajo una bóveda de Tiépolo en la decadente y neorrealista Venecia viscontiana. Es decir, barroco puro, gótico aprendiz, o mejor, Escarlati con una letra que reza así: “En el cerro las Varas dijo Mondoyo / la mujer y el majuelo me echan al hoyo”. La idea no es mía, es una paráfrasis de un apunte nievano (un poco barroco, como Nieva mismo).

¿Qué nos cuenta en realidad el teatro de Nieva? ¿Quiénes son el Cabriconde y Cambicio? ¿Qué es Coronada y el Toro? ¿Para qué publico se puede representar Tórtolas, crepúsculo y telón? ¿Por qué están Los españoles bajo tierra? ¿Quién es éste autor que va por la vida de español impune? Es Paco Nieva. Un hombre al que la historia lo hizo, la guerra lo acogotó, la posguerra no pudo untarlo con su pringue, y que después se inventó unas memorias para vivirlas. Escapó de esa España madrileña que tan evocadora y devoradoramente ha retratado en Una llama vestida de negro y en Carne de murciélago.

Hablar del teatro de Paco Nieva es hablar de la historia oficial de España y de la otra (más de la otra). De su pintura ilustrada y académica, de sus remordimientos con cuerdas de guitarrón, de sus complejos tan poco disimulados que hasta parecen impostados. De su latente manera de negarse a cada momento y suicidarse cada siglo un par de veces. De sus pueblos manchegos donde los reposteros del Corpus son lenguas de una conciencia negra que se traga a las vírgenes que mueren siéndolo.

Paco Nieva es el otro lado del infierno donde se autoinmoló la Ilustración Española que nunca pude ser. Ser español cien años después de que Napoleón fracasara en Despeñaperros es algo muy serio para quien tiene la sensibilidad educada con búcaros del s.XIX. Pero ser español de posguerra y recalar en Francia detrás de un sueño emocional y de gloria, necesariamente tenía que ser un purgatorio donde sólo se salvan las malas conciencias. Y Nieva lo era. Arrastraba una historia inventada de señoritos andaluces donde a uno lo bautizan en la plaza de toros y el Jordán es un trago de vino peleón en la garganta de un blasfemo.  Mientras las señoritas consortes tocan el piano y se ilustran con novelas por entregas de  bandoleros a los que hacen héroes a falta de maridos como Dios quiere y manda. Todo esto es Nieva. Todo y un poco más.

Conocedor como pocos intelectuales de su época de toda la buena literatura anglosajona, francesa, italiana y española, tuvo acceso a Dante, Cervantes, Pascal… cuando su generación española estaba inventando los pecados capitales y la contrición. Además, tocaba el piano, y para colmo, bien. Muy somormujo él, lo aprendió careando a un hermano que pasó  por todos los credos y se quedó en el de la música togada de un Archimandrita de la Iglesia Ortodoxa como parte de la escenografía que ha acompañado a toda su familia… Dotado de una facilidad sin par para la metáfora y el vocablo refinado en la educación de la Real Academia de la Lengua, donde después se sentó y se sienta, y donde entró diciendo -casi como sin venir a cuento- que “la primera y la última libertad del hombre es la palabra. Quien trabaja para la palabra, trabaja para dar alas a la libertad”.

El malogrado Moisés Pérez Coterillo escribió: “El día que se abra el ineludible careo entre las gentes de teatro en nuestro país y se sienten en la misma mesa los silenciados y los consentidos –si es que hay mesa que lo aguante-, el día que pueda discutirse abiertamente qué teatro y para quién hay que ponerse a trabajar, ese día habrá que dejar el turno de la palabra a un buen puñado de autores que soñaron para nuestra sociedad un teatro de adultos, un instrumento con el que interpelar nuestra historia y un lugar donde proclamar la urgencia y la necesidad del cambio”. La mesa, como tantas otras asignaturas pendientes de nuestra historia, no llegó a celebrase; a los unos los enterró la realidad y los otros no encontraron sillas. Hicieron bien. Pero la urgencia y la necesidad del cambio sí se produjo. Y allí estaba Paco Nieva. Casi de refilón, todo hay que decirlo. Tuvo, como un aprendiz de brujo, que ensayar sus puestas en escena en una Escuela de Arte Dramático cuando el dictador se preparaba para la agonía con la que purgó sus pecados. Y allí confesó que Es bueno no tener cabeza.

Los sueños son muy racionales aunque vengan vestidos de ropajes fantásticos; por eso la mitad del teatro de Paco Nieva son fantásticos trajes con aderezos de palabras que, como dardos, se clavan en el asombro. Si no, cómo se puede explicar que el amor de una madre le lleve a decir “Hijas de mi vida, pingajos de mi corazón”. Necesitan estas palabras un vestuario de acuerdo con el desacuerdo de la intención, y para eso se dotó este hombre de una cultura bizantina donde lo más asombroso es que parece hasta normal. Realismo en estado puro de descomposición. El mismo que de niño (me lo confesó su hermano) les llevaba a un camarón donde su madre, cuando recibía visitas en casa, los subía y los encerraba en un baúl, al que llamaron durilla, y de donde cuando salían decían que venían de darle una vuelta al mundo. Como el diablo Cojuelo, aunque probablemente aún no lo habían leído (o quizás sí, quién sabe), él y su hermano viajaban desde aquella oscuridad al siglo de las luces que ellos mismos se inventaban acompañándose de los grabados de Doré que habían visto en una edición francesa de la Divina Comedia. ¿Se puede pedir más?

Nieva es joven y será siempre moderno porque él sabe como nadie que lo romántico es dolor y lo clásico doctor. Y él es un clásico Maquiavelo que entendió que lo moderno es lo antiguo puesto del revés. En ese juego, todo hay que decirlo, se han perdido no pocos profesores que queriendo entender la filosofía de su teatro no han entendido la vida de un hombre que supo sobrevivir a fuerza de negarse a cambiar sus sueños por la realidad. Quizás todo sea más fácil. Quizás todo sea una tomadura de pelo, pero ¡qué hermosa! Locos de éstos necesitamos los mortales a los que no se nos dotó de inteligencia para fabular la realidad que tan a menudo nos desplaza de nosotros mismos.

El poder del lenguaje de Nieva surge del poder de las clases sociales a las que el desconocimiento de la enciclopedia les lleva a un código de metáforas que, como sentencias, te dejan más limpio que un insulto: “No tenía que morirse nadie, sin pasar lo que yo estoy pasando” decía mi madre cuando no encontraba la palabra educada de “mandarnos a hacer puñetas”. Esto también es Nieva o, mejor, Nieva es esto. Uno no puede ironizar el estatus de la monarquía sin parecer un esnob, pero puede decir que “esta queriendo reinar sobre cuatro gatos”. Es una manera de quitarle a la palabra la pedantería de la literatura para hacerla teatro. Y si a esto se le añaden los recuerdos de las coplas de un ciego, de un pregonero anunciando la penúltima purga de una postguerra que no acababa nunca, el plato de la farsa está servido. Todo el teatro de Nieva es una auto sacramental que no se deja representar en los atrios de las iglesias, necesita de corrales de comedias y plazas públicas. Necesita espacio moderno. “Tu pueblo de condenados ya no te pide justicia, sino la juerga social”, palabras de Nosferatu en el aquelarre de una reina. Es, por lo tanto, un teatro de derrota, pero no de vencidos; de venganza si se quiere, pero no de rencores (o quizás sí; no sé). Pero de venganza y rencores necesarios. No se puede vivir siempre en la gloria de los siglos sin hacerse viejo de repente. A veces hay que refinar la mugre para que o nos entierre en vida. Y en esto Nieva se ha pintado solo. Dice que conoció a Genet y que vivió a gusto en el realismo sucio de un París que lo apuntaba para que América lo desarrollase más tarde cuando la Generación perdida se encontró en sus hijos. Por eso Nieva ha sabido subir a los escenarios el pecado de la culpa, para salvarse y salvarnos de perecer en el intento de que el refinamiento nos confunda.

Dicho todo esto, qué más es Nieva. Nieva es sus personajes. ¿Pero quiénes son sus personajes? “Españoles de sangre gorda”, que proclama Coronada en la impotencia de ver hombres bravucones en la calle y niños en los refajos de sus madres-esposas. Hombres nonatos cuando están en su casa y salvajes en la plaza de toros. Españoles sin más. A Nieva se le ha estudiado como a pocos autores y, sin embargo, me sorprende que ninguno de sus estudiosos haya reparado en la soledad de los seres que ha creado. Todos están solos. Seres que quieren como el Tenorio transgredir su realidad para encontrar vida. Cambicio es siempre un destino que conoce y del que huye, porque en él sabe que va a encontrar su perdición. No le demos vueltas: cada uno de los personajes de Nieva es Nieva mismo. Claro que detrás de todo eso hay un arcano, el nuestro. El de cada uno de nosotros. ¿Quién no ha llamado alguna vez a la puerta de su infierno? “El niño que no conoce el mar, de adulto tendrá su corazón ahogado en horizontes de sed” (San Isidro de Sevilla). Este es Cambicio y también el Cabriconde, con su frente estigmatizada, por do más pecado hay. Niños sin mar, sedientos del tiempo que sus mayores le han robado.

Nieva sin España y sin teología no es nada. Pero éste es un país de teólogos parvularios. Uno lee el catecismo y se lo aplica sin cuestionarse el autor. Claro que, como el alma que esconden los personajes de Nieva, se vive siempre a la contra. El problema ha radicado en que esa contra siempre ha estado exiliada de los escenarios. Por eso cuando Nieva aparece uno se agarra a la silla y grita ¡Basta, no puede ser que me hayan engañado tanto! El teatro de Paco Nieva sobre todo es libertad, no porque diga verdades –que también- sino porque no las niega.

Tenemos también al Nieva escénico. Esto es, ¿podrá Nieva ser representado en los escenarios del futuro? La respuesta es sí. De Valle-Inclán se dijo durante mucho tiempo que era teatro para ser leído. (¡Ah! Esta torpe forma de representar el fracaso académico, cuando se desconoce la imaginación). Es obvio que el Nieva que se represente sin Nieva será una puesta en escena diferente, pero no hay que olvidar que el valor de este teatro reside en la palabra. La que dicen los personajes y las que se imagina el espectador. Este teatro tiene muchas grandezas, pero la mayor es la palabra. A Nieva, como a Almodóvar en el cine, le avala esa rara virtud de hacer universal lo provinciano sin adulterar ni lo uno ni lo otro. Esta rara metamorfosis solo la consiguieron los surrealistas, pero contaban con la complicidad del surrealista espectador; sin embargo, en este nuevo patio de butacas, el espectador necesita dosis de realismo para entender y hacerse cómplice de lo surreal. Es un sueño con los ojos despiertos. Es un viaje a ninguna parte que nos lleva a la oculta realidad de nuestro ser. Es, sencillamente, teatro en estado puro. Por eso el tiempo lo interpretará desde otros códices, desde otros ángulos, pero lo representará porque toda realidad necesita de un marco para descubrir el azogue de su imagen. Lo dijo Nieva: “A la vida se le pone un marco y ya es teatro”.

Queda, finalmente, el Nieva novelista, el articulista, el conferenciante. El Nieva en estado de ensoñación, de recuerdo, de contrición. El Nieva que se inventa a sí mismo. Una vez más, teatro dentro del teatro. Envés de la realidad para alcanzar la realidad misma. Sus novelas son un recurso escénico en el que el lector es el director de escena para montar un salón-comedor con cascadas y casas colgantes. Es una Cuenca inventada desde el lejano Nepal y sin movernos de casa. Granada, Madrid, París, Venecia… ciudades que vistas por nuestro autor, dejan de ser postal de turista para ser ciudades embriagadoras, porque embriagadas estaban sus estancias cuando él las visitaba o las depositaba en las acentuadas bolsas de sus ojos. La literatura de Nieva es una literatura a contrapelo. Novelas de quinientas páginas que podrán ser más: la misma historia en diferentes escenarios. El no acabar nunca para volver a empezar. Si este hombre no hubiera tenido la necesidad de fabular y de escribir a todas horas, hubiera escrito una sola obra y nos hubiera bastado para entenderlo, pero como en la poesía, necesita repetirse a cada paso para afinar sus ideas y las nuestras. Para reinventarse a cada paso. Para no dejar de ser nunca.

Es éste un artículo que, como un traje, está hecho de retales. Retales de impresiones sin intención de estudio, sólo de presentación/representación de lo que ya él mismo dijo. Lo he querido hacer así porque creo que de Nieva se estudian las formas, los mensajes y las intenciones, pero quizás no se repare en que Nieva sólo es Nieva cuando se inventa desde su realidad como una máscara veneciana, esa que tanto ha disimulado él con la malsana intención de confundirnos. Aunque en su intento, todo hay que decirlo, nos ha ayudado a redescubrir para la literatura dramática de este país, la escena como un espacio de liberad. La que él adjudica a la palabra, a la que él le pone alas, para que no se nos olvide volar.