Sábado, 10 de Diciembre de 2016 Actualizado: 08:50 h.

La deshumanización de nuestro patrimonio

El siete de diciembre de 1996, Cuenca, con su Casco Antiguo y sus hoces, era declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Veinte años después, la ciudad celebra el prestigioso nombramiento, junto al cincuenta aniversario de la creación del museo de arte abstracto en las conocidas Casas Colgadas.

Actividades y actos han tratado de conmemorar esta efeméride, y pese a ello, numerosos conquenses vemos como lo que nos es querido, nuestro patrimonio, es desprotegido y en ocasiones, puesto en riesgo. Nuestro patrimonio, se va alejando poco a poco de lo que le hizo deslumbrar y ser premiado. Y no es, sino una falta de interés, de voluntad y de apuesta política, el cuidar y proteger lo inmaterial conquense. Cuando se alcanza un aniversario, sea cual sea, es necesario evaluar antes que celebrar y cuidar y proteger antes de mostrar o promocionar.

Recientemente se estrenaba en la catedral de Cuenca ‘La poética de la libertad’, uno de los eventos de los aniversarios conquenses que alberga exposiciones con obras de Ai Wei Wei y pintores como Zóbel, Torner, Saura o Millares. Una exposición con un alcance turístico fundamentalmente, que no repercute en los conquenses, puesto que su promoción y difusión se enfoca al exterior y no al interior, a nuestra ciudad.

Cuando se habla de patrimonio y de cultura, debemos mirar lo pequeño, no lo monumental. No por albergar en nuestra pequeña ciudad un evento expositivo en el IV Centenario de Cervantes fomentamos más la cultura. En materia cultural es mejor mirar las pequeñas actuaciones, desde la promoción, el apoyo artístico, como las que ha desarrollado la Asociación de vecinos del Casco Antiguo, con un ciclo de cine extenso, con actividades lucrativas, juveniles…

Escribía Federico Muelas, poeta y boticario conquense, en el último verso de su conocido ‘Soneto a Cuenca’, “Cuenca, cierta y soñada, en cielo y río”, y no hace sino dibujarme esas dos Cuencas, la real, la bella pero en penumbra por el desolado abandono de esos pequeños detalles, que hicieron aquel año de 1996 poner a Cuenca en Europa. Detalles como nuestro parador, nuestras hoces, nuestras calles estrechas del Casco por las que perderse.

Y qué pena. Cómo llora hoy el Hocino del poeta, la casa de Muelas, que se ve derruida en la hoz del Huécar, y las lágrimas de un Casco que mira los desperfectos del suelo de la Plaza Mayor sin solución ni preocupación, mientras cada noche decenas de coches invaden la Plaza sin medida que lo evite, y los vecinos encuentren multas en sus coches y permisividad en la de los foráneos. Calles desgastadas que piden ser peatonales, autobuses que ya no llegan y que deben girar en la Plaza. Qué vergüenza, qué lástima y qué pena.

Aún queda una “Cuenca soñada” que puede ser la del mimo y el cuidado de las pequeñas cosas, de lo cotidiano, de lo vecinal frente a lo turístico, de lo humano frente a lo económico, de lo que devolvería a Cuenca ese brillo que muchos añoramos y que es patrimonio del pasado.