Sábado, 10 de Diciembre de 2016 Actualizado: 03:06 h.

Si un calificativo tenemos que poner a la planificación de la ciudad contemporánea es seguramente, caótica. Una ciudad que se construye descomponiéndose, segregando y abstrayendo una planificación que pierde toda lógica con el paisaje, con el entorno y, en definitiva, con la forma de vivir el espacio común.

La ciudad en España ha tenido un desarrollo histórico acorde a su necesidad. Con un núcleo medieval, de estrechas calles curvilíneas, las ciudades se fueron haciendo a sí mismas, en base a las necesidades de la población. La ciudad en los siglos XIII y XIV requería de compacidad y protección, se guardaba detrás de unas murallas pues la vida de las gentes de aquel entonces necesitaba de seguridad. La vida era la defensa, el cobijo.

Siglos después, la vida en la ciudad cambió su razón de ser, el cobijo dejó de ser la necesidad imperante y los habitantes de la ciudad – aún sin condición de ciudadanos – buscaron mejor vida fuera de las murallas. Algunas ciudades como Madrid, ya en el siglo XVI con la condición de capital del país, tuvieron que eliminar ese elemento del pasado que servía más de barrera que de seguridad. La vida era la conquista, la salida al exterior.

Ya en el siglo XVIII y XIX, las ciudades periféricas cercanas al mar y  con mayor peso cultural, se expanden. Ciudades como Valencia, Barcelona o Mallorca derriban sus murallas y plantean un desarrollo de la ciudad planificado, con una dilatación de la ciudad de forma controlada. A la expansión de las ciudades se denominaría ensanche, siendo el más conocido el de Ildefonso Cerdá en Barcelona, el cual, hoy día, sigue plenamente vigente. La gente de la ciudad comenzaba a ser considerada ciudadana, se empezaban a tener libertades, comenzaba la exigencia de derechos. La vida pasaba a ser el futuro, es decir, repensar las ciudades de cara al siglo XX.

Sin embargo, y pese al buen trabajo llevado a cabo a finales del siglo XIX, no se supo dar una solución a lo que debería ser la ciudad tras la consolidación de los ensanches. La tarea que correspondía al XX no se hizo y hoy, en el siglo XXI, sufrimos las consecuencias.
Lejos de plantear una solución a qué deberían ser las ciudades, si estructuras abiertas o cerradas, moldeables o rígidas, de límites claros o aperturas según la necesidad, las ciudades quedaron al amparo del poder de cada una de ellas. El feudalismo regresó, en lo urbano, en el siglo XX.

Las ciudades empezaron a disgregarse, a dispersarse… o lo que es lo mismo, a distraerse, a pensar en el día a día, de una manera alocada, fugaz, sin pensar en las consecuencias, sin recapacitar sobre el trabajo hecho. La vida pasó a ser el presente, es decir, despreocuparse de lo que es y debe ser la ciudad.

En los años 60, personas como Jane Jacobs, una socióloga y escritora, puso el grito en el cielo en su libro “Muerte y vida de las grandes ciudades” en el que anunciaba cómo se había impuesto un modelo donde los urbanistas modernistas dictaban qué se debe hacer en cada espacio, sin tener en cuenta la cotidianidad de las personas. Las ciudades se habían convertido en espacios donde miradas individualistas expandían o derribaban según su parecer, sin tener en cuenta a una sociedad que ya era madura, que ya decidía sobre su futuro.

Pese a las advertencias de sociólogos y arquitectos contrarios con el paradigma del movimiento moderno, vivimos en el inicio de nuestro siglo el estallido de la conocida “burbuja inmobiliaria”, la cual había consistido en nada más y nada menos que edificar una ciudad no planificada. Urbanizaciones desiertas, llenas de solares, a medias, con edificios vacíos. Escenarios desérticos, la antítesis de la ciudad.

Las localidades del centro de nuestro país son los principales epicentros del caos en la planificación urbana. En Castilla-La Mancha podemos encontrar ciudades como Toledo o Cuenca, las cuales no abrieron su ciudad hasta el siglo pasado, entregando sus bellas ciudades medievales a urbanistas despreocupados por el lugar de vida de la ciudadanía.

Gran parte de esta despreocupación ha tenido que ver con cómo se ha entendido, política y socialmente la ciudad. En el siglo XX, la necesidad de la gente no era vivir, era sobrevivir, y no se puede pensar en la belleza desde la necesidad de vivir, sino de cómo vivir. Hoy ha cambiado esta perspectiva; la ciudad necesita que sea pensada por sus ciudadanos y no desde técnicos, la participación ciudadana es fundamental y nuevamente solo se pone en marcha en aquellos lugares que en el siglo XIX supieron adelantarse al XX.

Mientras las llamadas “ciudades del cambio” como Madrid o Valencia, revisan con sumo cuidado cualquier nuevo plan urbano, atienden necesidades de transporte (recientemente se han renovado autobuses por unos eléctricos en Valencia y se ha creado una oferta de empleo en la EMT, al igual que en Madrid), abren numerosos procesos de participación ciudadana para repensar con los vecinos y vecinas la mayoría de barrios de la ciudad (en Valencia se han abierto procesos participativos en los barrios de Benimaclet, Orriols, Nazaret, Botánic, Reina)… en ciudades como Cuenca no se perciben sino retrocesos, como mantener un PGOU del 96, recortar el servicio de transporte urbano, intervenir en una calle peatonalizándola sin un plan de movilidad coloreándola con el color elegido por el alcalde, urbanizar el llamado Cerro de la horca dejándolo a medias con las necesidades de los vecinos sin cubrir. Realmente la lista es interminable.

La ciudad de Cuenca ha sido partícipe del caos. Barrios desconectados, desconfigurados, a merced de la gentrificación. Vemos cómo las decisiones sobre la ciudad se trazan en una mesa, por políticos, muchos de ellos sin ser técnicos urbanísticos, ni sociólogos ni nada que ver, como recientemente ha sucedido con el asunto de los terrenos de ADIF y del tren convencional.

Sin embargo, ellos, amparados en la legitimidad de la representación, hacen y deshacen lo que desean, y para mayor ‘inri’ es respaldado por algunos ciudadanos huérfanos de ideas, que sólo desean que “alguien se lo haga” o que los señores con corbata que ha votado les resuelvan dónde, cómo y seguramente hasta por qué tiene que vivir en la ciudad que ellos plantean. Un sin sentido, si salimos fuera de los términos municipales de nuestra ciudad.

En una reciente entrevista, el urbanista Jan Gehl, artífice de las peatonalizaciones más importantes del mundo como las de Moscú o Nueva York, decía: “El urbanismo para caminar y pedalear es más barato que cualquier otro. La posibilidad de cubrir andando incluso una larga distancia aumenta la calidad de vida urbana.” Como dice Gehl, es imprescindible defender la reconquista ciudadana de las calles.

Si deseamos que las ciudades castellanas entren en el siglo XXI, necesitamos cuidar nuestros barrios y dar voz a sus vecinos, pues son ellos quien los viven. La vida en el siglo XXI, debe pasar por construir ciudades amables, con su gente y con la belleza de su entorno.