Miércoles, 22 de Noviembre de 2017 Actualizado: 04:33 h.

La falacia de las formas

Recientes acontecimientos acaecidos en el Congreso de los Diputados estas últimas semanas —sin entrar a valorarlos para no avivar el descarnado circo de opinólogos—, desentierran con estos episodios el hilo conductor que comunica el conflicto de percepciones y proposiciones respecto de los valores centrales de la convivencia y la lectura de cierta gramática política, sin entrar a valorar los hechos en específico: las formas.

El respeto por el contrario es una cuestión eminentemente crucial como elemento necesario para el reconocimiento de la diferencia y por ende, la articulación del espacio que sirva como foro de reunión de sensibilidades e ideas que las informan, su contraposición, discusión e interacción entre los portadores y enunciadores de las mismas. En este aspecto, el contorno que hace posible este contexto de intercambio de palabras y expresiones como vehículo de esas ideas heterogéneas, diferentes e incluso antagónicas se definen por esas normas de reciprocidad para parlamentar con el adversario. En modo alguno se justifica la insidia o las humillaciones del más abyecto desprecio alimentando la execrable intolerancia.

No obstante y por la misma razón, no debe caerse en la dinámica falaz de pretender soterrar con cínicas pretensiones la discusión de determinados temas o el cuestionamiento de autoridades, la actuación o las palabras de otros compañeros u homólogos o las propias ideas. Es el ejercicio más peligroso y la manifestación sintomática de la enfermedad que aqueja y ahoga nuestras sociedades de un tiempo a esta parte.

El uso o alusión al discurso de mantener ciertas formas, un código ético de las buenas maneras (no de ética política) aspira a constreñir al adversario censurando su posibilidad de respuesta o deconstruyendo sus planteamientos a posteriori. Son prácticas que responden a la asimetría de la palabra y la exclusión de los elementos de la discusión pública. La distribución de poder de palabra es eminentemente desigual. El caudal de información fluye de forma desordenada y fragmentada con violencia. Sin embargo, el sentido mayoritario imprime derivas de interpretación que acotan los mensajes y los anclan a significados que obran en interés de quienes dirigen y definen el debate coaccionando la palabra y a sus usuarios, de resultas, sedimentando en la opinión pública sentidos capciosos. Tiene mucho que ver con la falacia ad hominem: desacreditar los argumentos de una persona apelando a lo impopular de sí misma, desacreditándola y así anulando sus argumentos. Una desactivación de la réplica.  Y así con sus gestos.

La confusión de la opinión con la verdad va en detrimento de la última.
Estamos asistiendo cada vez más al adoctrinamiento sobre lo que se puede criticar y quién lo puede hacer. La madurez democrática de las sociedades contemporáneas no deja de formar parte del mito que socializa la idea ciceroniana de una ley natural o razón suprema que determina lo que debe hacerse y lo que debe prohibirse. Una concepción que naturaliza la necesidad de esa concepción de orden, de esa relación de actores dirigentes y subordinados y no otra, inscribiéndole una lógica de ley física, que siempre se cumple.

La crítica siempre es legítima y recíproca. Todas las preferencias e imaginarios no son conjugables ni sería bueno que lo fueran. Los equilibrios dependen de esa confrontación dinámica de ideas contrarias que los renueven, que los reciclen con vistas a protegerlos de una apariencia de estabilidad que pueda quebrarse. El verdadero pensamiento único es el dominante, el que instaura consensos que nunca pueden ser cuestionables ni se pueden discutir, solo se pueden acatar. A tales efectos cualquier mínimo desacuerdo será considerado "falta de respeto" o que atenta contra la libertad y el pluralismo. Un pluralismo que se expresa por tener nombres diferentes, nunca ideas, pues en lo fundamental no pueden salirse de los muros del alabado consenso que sustenta la convivencia.