Sábado, 10 de Diciembre de 2016 Actualizado: 03:05 h.

Esos pequeños detalles machistas

Vivimos en un mundo machista, en mayor o menor grado. Un mundo en el que la mujer es algo inferior al hombre ya sea por clichés, convencionalismo o palizas físicas y/o laborales.

El machismo, en España, es una realidad. En mayor o menor medida el que más y el que menos tiene su dosis de machista. Una dosis impuesta por la sociedad, por la educación, el costumbrismo. A través de expresiones más o menos graciosas, de esos chistes de siempre, de esos comentarios jocosos que tanto ahondan en la sociedad llega un momento en que ni se aprecian y lo peor, no se consideran machistas.

Y todo esto viene a que ya cansa esta sociedad que impone esos clichés que no son tan sólo machistas, son insultantes. Porque, claro, a las mujeres nos gusta cotillear. A las mujeres nos dejan en un centro comercial o mercadillo y llegamos al clímax de la felicidad. A las mujeres nos encanta que nos digan piropos soeces y desagradables. Las mujeres tardamos mil años en arreglarnos, vestirnos, maquillarnos. Las mujeres somos cortitas, sí, de escasas entendederas y por supuesto, de lo que más y mejor sabemos es de trapitos, bebés y decoración. Sí, estoy siendo sarcástica. Mucho. No olvidemos esa grandiosa frase “Es cosa de hombres”. Lo que se traduce en: “Aparta de ahí, bonita, que tú para eso no sirves” Sea lo que sea.

No a todas nos gusta ir de tiendas. A muchas de nosotras nos importa un bledo la vida de los demás; cercanos o lejanos, vecinos o tertulianos y vagos variados que campan por las revistas de papel couché y programas televisivos del tres al cuarto. Muchas de nosotras aborrecemos esos comentarios desagradables y malsonantes provenientes de bocas sucias y mentes pervertidas.

Y  oye, que no pasa nada, que la mayoría de las veces esos comentarios son proferidos de manera automática, sin pensarlos siquiera, porque, total, no merecen mucho análisis, ni sintáctico ni de ningún tipo.

A una mujer hay que alabarle de la forma más asquerosa su belleza pues para eso está ella y se pasea provocando frente a la obra, puerta del bar o donde quiera que sea.

Provocando los comentarios porque si no los quisiera no iría como va. Eso he llegado a oírlo yo mismita, y lo decían dos tipos bien vestidos, aparentemente con formación cultural, gañanes profesionales ellos con su ropa pija y cuqui.

Me asustó oír eso. Pero, desgraciadamente, es lo normal y esto es lo que asusta. Lo normal. No pasa nada, claro que no pasa nada. Sarcástica de nuevo, ¡claro qué sí!

Anoche mismo, viendo El Club de la Comedia, Leo Harlem contaba sus peripecias alrededor del mundo y oh, detallito machista al hablar de Estambul: Su mujer se volvió loca en el Gran Bazar. ¡Cuántas tiendas, cuánto por poder comprar! La verdad, hasta ese momento me estaba divirtiendo bastante el monólogo del susodicho humorista pero cuando dijo eso... Maldito cliché machista al que se está tan acostumbrado que claro, no es machista, sino algo normal. Al fin y al cabo, el humorista buscaba provocar unas risas y las obtuvo. No dijo nada raro, ¿verdad?

Que conste que me encanta ese humorista, suelo partirme de risa con él y esto, insisto, no es más que un comentario casual, normal, pero desacertado y machista.

¿Y qué hay de los hombres que adoran ir de tiendas, que pasan mil horas frente al armario antes de salir a la calle, que son unos cotillas por excelencia? ¿Todos gays? Claro, seguro que esa es la argumentación pues esas actividades, o aficiones, que no sé ni cómo llamarlo, son propias de mujeres y de mariquitas... Malditos tópicos, clichés absurdos y mentes obtusas y retorcidas en resumen.

Y ojo, que normalmente no sólo me quejo de lo machista, no. Me molestan y me quejo de los clichés sexistas, tanto los que rebajan a un sexo como a otro pero en estas líneas me centro en los machistas.

Deberíamos cuidar lo que se dice, pensar antes de hablar y reflexionar acerca de lo que se va a decir o de lo dicho.

Hay que ser didáctico al hablar pues muchas orejas están pendientes de nuestros comentarios y me refiero sobre todo, a orejas pequeñitas. Esas que absorben todo cual esponjas. Asimilan y después, reproducen.

Como algo anecdótico contaré algo que escuché este verano de la boca de una niña refiriéndose a una adulta: “Está enfadada, se nota que tiene la regla”. ¿La niña era consciente de lo que decía? Por supuesto que no, pero ejemplo vivo y claro de lo que digo. Un comentario que se hace normal, cotidiano y machista. Muy machista. Lo peor, dicho por una niña.

Hagamos un experimento: cojamos a un niño y evitemos que escuche comentarios machistas y crezca ajeno también a actos machistas. (Sí, casi imposible, lo sé, pero esto es un supuesto).

Ese niño se criará en un ambiente de igualdad, no verá a su madre y hermanas como seres inferiores a él sino como iguales. Iguales en derechos y en responsabilidades, en obligaciones. Iguales en todo.

Imaginemos que ese niño crece y se hace mayor ¿Consentiría que otros hablasen mal de sus amigas, compañeras de estudios o trabajo, hermanas o madre a través de un supuesto piropo? ¿Le parecería normal que una compañera de trabajo cobrase menos por la misma labor desempeñada por él? No.

Moraleja: todo depende de cómo educamos y formamos a las personas. Así se hace una sociedad, ni más ni menos. Empecemos por las palabras y sigamos con los actos. Si educamos en valores de igualdad, serán personas con valores de igualdad. Si educamos en machismo, serán personas machistas.

Seamos didácticos, por favor. Evitemos en la medida de lo posible esos grandes y pequeños comentarios y actos machistas que están demasiado grabados a fuego en esta sociedad nuestra. No hacen ningún bien a nadie.

N.B. Me ciño en estas líneas a los comentarios machistas, a esos clichés. Obviamente podríamos seguir con los clichés sexistas en general, racistas, xenófobos, religiosos y un largo etcétera. Por no hablar de la publicidad machista pero se trata de una mera opinión personal acerca de los comentarios machistas.