Jueves, 30 de Marzo de 2017 Actualizado: 00:49 h.

Carta al alcalde de Orgaz sobre las coplillas machistas

Estimado Señor Villarrubia, me llamo María y soy una ciudadana castellano‑manchega que ha observado desde fuera la polémica que han suscitado las copillas que se cantan en su pueblo. No le voy a engañar, Señor Alcalde, soy feminista. Es decir, quiero lo mismo que tienen los hombres para las mujeres. Lo mismo. Ni más, ni menos. Mismos derechos, mismos salarios, misma protección. Me imagino que al igual que le sucede a usted, que querrá lo mismo para nuestros hijos y para nuestras hijas, para nuestros hermanos y para nuestras hermanas, para sus vecinas y para sus vecinos.

Luchar contra el patriarcado como quiere el patriarcado

Desde la conciencia de clases probablemente no haya existido una conciencia tan colectiva, supranacional y transversal como la conciencia de la mujer como sujeto activo, sobre su lugar en la sociedad, sus roles y la conciencia sobre la necesidad de su liberación. Si bien las conquistas incipientes fueron más simbólicas que de fondo, nos encontramos en un punto en el que algunos gestos los tenemos ganados, de manera muy superficial y maquillada, –una parte de la socialdemocracia liberal entendió que sin darnos las migajas del pan nunca podrían gobernar- que el sistema utiliza para deslegitimar nuestras peticiones. Ya es hora de enfrentarnos directamente al sistema que nos oprime para realizar cambios profundos y duraderos.

Las castellano‑manchegas son feministas (y no lo saben)

Que la palabra “feminismo” causa un enorme rechazo en parte de las mujeres no es ninguna novedad. Cabría preguntarse por qué el término que defiende la igualdad de mujeres con respecto a hombres tiene un significado tan desvirtuado en el imaginario de muchas. Una de las razones puede que sea, con mucha probabilidad, las connotaciones asociadas a esa palabra por parte de los hombres principalmente. Cuando me refiero a hombres, no señalo a ninguno en concreto; me refiero, de manera generalizada, a todos aquellos que niegan la desigualdad o, lo que es peor, saben que existe pero no soportarían una igualdad real entre nosotras y ellos.